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jueves, 10 de mayo de 2018

Encefalograma Plano.


El ser humano se empeña en vivir bajo lo que yo llamo el síndrome del encefalograma plano. 

Tiene la creencia de que si su vida se mantiene sin altibajos será feliz.

Pero ésta idea de supervivencia que llevamos impresa en el adn, es totalmente errónea, no hay mejor manera de ser infeliz que llevar una vida llena de rutina.

Es cierto que la vida a veces, se pasa con nosotros y nos trae pruebas que son difíciles de superar, pero eso es lo que al mismo tiempo nos mantiene vivos y nos ayuda a crecer. No creo que a nadie le guste tener problemas o contraer enfermedades graves, pero el enfrentarse y pensar cómo salir del atolladero nos  indica que estamos vivos y que estamos aquí para aprovechar cada momento.


No hay nada más triste que levantarse por la mañana y saber que tu día de hoy será exactamente como el de ayer. Tener los días calcados es la mayor fuente de insatisfacción.

Sin embargo, si aprovechamos las experiencias y las enseñanzas que nos traen, seremos capaces de estar a gusto con nosotros mismos y por ende, con los demás. Mejor tener un encefalograma que suba y que baje, que uno que no se mueva. Esos 

Cuando uno vive satisfecho y disfruta de las pequeñas cosas que tiene a su alrededor, no necesita irse a ningún centro comercial a comer comida basura ni a gastarse el dinero que no tiene en comprar cosas que igual luego ni utiliza. Sin embargo, si uno tiene paz interior, será feliz leyendo un libro, escuchando música o paseando. 

Los buenos placeres no tienen porqué ser caros.


                                                                          Paula Cruz Gutiérrez.


miércoles, 23 de agosto de 2017

sIN uN pELO dE tONTA.




¿Como explicar la sensación que siento al acariciarme la cabeza y tocarme el cabello?

Hasta ahora, al tocarme acariciaba la piel suave del cuero cabelludo sin más. Hace unos meses que se me volvió a caer el pelo cuando retomamos los ciclos de quimioterapia. Desde entonces he estado sin cabello, cubriéndome la cabeza con pañuelos de colores o con diademas de fieltro que me he ido cosiendo y con otras de ganchillo que me regaló mi amiga Rosa. Al final, he conseguido reunir una pequeña colección.

Y aunque la ausencia de cabello en la cabeza me molestaba, he llevado peor el hecho de no tener cejas ni pestañas. Las cejas se fueron cayendo poco a poco a la par que el cabello y tener un rostro sin cejas que enmarque los ojos queda realmente feo. Me compré unos lápices para pintármelas pero el efecto no es exactamente el mismo.

Por otro lado, no me había dado cuenta de que se me habían caído las pestañas de nuevo hasta que el día de la graduación de mi hijo, me las fui a pintar y vi que no había quedado ni un solo pelo. 

La vez anterior que me salió el cabello en el mes de marzo, me salió rizado. Y me gustaba mucho tener la cabeza cubierta por tanto rizo, además de dio una ventolera y me teñí de color azul. Con lo cual, mi cabeza era completamente diferente.

Ahora que me sale de nuevo, está saliendo liso, como el mio. Espero que ya sea el definitivo, porque con el tratamiento nuevo que me están administrando no tendría porqué caerse.

Este es otro proceso por el que tenemos que pasar obligatóriamente. Sabemos que es así, pero cuando ocurre por regla general nos afecta bastante anímicamente. Es una señal clara de nuestra enfermedad y nos delata frente a los demás. Y frente a ello cada enfermo lo afronta a su manera, utilizando peluca o pañuelos.

Pero como todo en la vida, es cuestión de cómo nos lo tomemos. Aunque al principio sea difícil, es cuestión de pensar que es una situación transitoria, que cuando terminemos con los fuertes tratamientos de quimio el pelo volverá a su lugar. 

¿Además a quién no le apetece estar una temporada sin tener que depilarse?

                                                                  

                                                                        Paula Cruz Gutiérrez.



martes, 27 de junio de 2017

El Reloj.


Estoy de nuevo en el quirófano. Como siempre aquí abajo hace mucho frío, permanezco tumbada y temblando en la camilla. Mientras tanto el personal de enfermería se mueve de un lado a otro colocando los útiles necesarios para mi intervención.

He entrado con una sonrisa, antes de bajar he visto por casualidad a mi cuadro médico y me han deseado suerte. Me acompañan mi marido y Conchi.

Mi amiga Conchi ha bajado a acompañarme hasta dentro del quirófano para que no me sintiera sola, después me ha sonreído y se ha marchado.

Al entrar el médico anestesista me ha peguntado cómo estoy de nerviosa, para calcular la cantidad de sedación que debía administrarme. Yo le he dicho que estaba tranquila. No pueden dormirme completamente porque durante la colocación del reservorio debo colaborar con ellos cuando me lo indiquen.

La enfermera me ha colocado una manta especial, que tenía dos huecos, uno por el que saco la cara y el otro por el que ellos trabajarán.

Por mi orificio tan sólo veo una mesa con instrumental y un reloj colgado en la pared.

El reloj tiene forma circular, es de vidrio y su marco es de color añil. Cuando llega el cirujano marca las diez menos diez de la mañana. 

Durante toda la intervención estoy pendiente del reloj, viendo cómo sus agujas avanzan despacio.

Me inyectan una anestesia local en una zona del pecho y después en otro. La primera inyección me duele muchísimo y tengo la sensación de que la aguja gira dentro de mí.

Mientras trabajan escucho sus conversaciones, al tiempo que la auxiliar mueve constantemente la camilla hacia un lado u otro, siguiendo las instrucciones del cirujano.

En un momento dado, me toca colaborar a mí. Ahora contengo la respiración, ahora inflo la tripa y hago fuerza.

El cirujano pide bisturí y me imagino cómo corta mi piel. Le cuento que antes yo me dedicaba a restaurar libros y que el bisturí era una de mis principales herramientas de trabajo. Entonces me responde que en ese caso, somos casi colegas.

Comienzan a colocar el reservorio arrastrándolo entre la piel y el músculo hasta colocarlo en el lugar más adecuado. Aunque no puedo verlo me resulta muy desagradable.

Lo único que puedo hacer es aguantar y mirar el reloj.

Sigo tranquila, las agujas del reloj marcan las diez y veinte de la mañana. Entonces el cirujano me dice que ya han terminado y que el catéter ha quedado perfecto.

Le doy las gracias a todo el equipo, mientras el celador me indica que me pase a la camilla donde va a llevarme a la sala de recuperación.

Ya en la sala colocan a mi lado, a una niña de la edad de mi hijo, viene llorando nerviosa por la anestesia. Se llama como yo y le han asignado la habitación donde estuve yo la última vez. Pienso que vaya casualidad.

Me dan ganas de decirle algo para consolarla, pero como no me conoce no quiero que se asuste. Entonces entra su papá y consigue tranquilizarla.

Yo por mi parte, me dejo llevar por el sueño y me duermo.

A la salida me esperan Conchi y mi marido. Aún atolondrada nos vamos a casa.

Estoy muy dolorida y pienso que acabo de superar otra prueba.

Tengo la sensación de estar realizando un “airon man”, pasando prueba tras prueba. Sólo que en mi caso, no he tenido tiempo de prepararme previamente, ni física ni psicológicamente.





                                                                          Paula Cruz Gutiérrez.




domingo, 18 de junio de 2017

Ser una Guerrera.



"El universo te ha concedido la dicha de ser una guerrera".

Este comentario me lo dijo una persona el día de mi cumpleaños al hilo del texto que publiqué. Sencillamente me encantó.

Hay veces en las que la vida nos somete a una encerrona, nos arrastra al interior de un laberinto del que no sabemos qué dirección debemos tomar para poder salir. Es entonces cuando debemos armarnos de valor para encontrar el camino más adecuado. 

En esos momentos de confusión el valor es difícil de encontrar, se esconde en lo más recóndito de nuestro interior para que no lo encontremos con facilidad, porque en esos momentos, el miedo se vuelve el sentimiento más poderoso.

Pero pasado un tiempo y realizadas las reflexiones adecuadas, es el momento de ir en su busca y entrar en acción. Todos los comienzos son difíciles, pero poco a poco si tenemos perseverancia iremos ordenando nuestros pensamientos y decidiendo qué haremos a continuación. Teniendo cuidado de no distraernos ni con el aroma de las plantas que conforman el laberinto, ni con nuestra soledad.

Iremos avanzando, hasta que llegue el momento en el que nos convirtamos en nuestros propios héroes o heroínas. Capitanes de nuestro destino, dignos, caminando sin vacilar hasta conseguir nuestro objetivo. Cada uno debe marcarse el suyo. Uno que sepa que es posible alcanzar. No sirve de nada ponerse objetivos que son imposibles de realizar.

Habrá mañanas que al despertar tan sólo nos sintamos como pequeños ratoncillos que desean quedarse acurrucados, así sin más, cansados de caminar y sin fuerzas para enfrentarnos a un nuevo día. Pero después, ese pequeño animalito indefenso, ha de convertirse en una grandiosa ave fénix que nos lleve de la mano, a nosotros y a los que tenemos al lado.

Mi ave fénix particular cada día tiene más y más fuerza. Porque se que no estoy sóla, he descubierto que tengo mucha gente a mi alrededor que me quiere y me apoya. 

Mi agradecimiento lo intento plasmar en cada uno de mis textos.

Cuando comencé a escribir simplemente deseaba liberarme de las emociones que me provocaba la enfermedad, de soltarlas para que desapareciera la incertidumbre, el no sé qué ocurrirá o me tocará pasar ahora. Despejar mi mente para que pudiera seguir pensando y trazando un plan.  

Estoy muy contenta y orgullosa, porque nunca imaginé que con mis palabras podría ayudar a tanta gente. 

Espero seguir contándoos muchas historias más.

Que vuestra ave fénix se a un animal real, no mitológico.




                                                                         Paula Cruz Gutiérrez.

sábado, 13 de mayo de 2017

Un caracol.

Este texto se lo dedico a dos amigas, Rosa y Pilar.
Por sus respectivos cumpleaños. Un beso hasta Huesca.



Ultimamente estoy muy cansada, aunque en honor a la verdad, debería decir que estoy agotada. Mi cuerpo ha decidido no llevarme a ningún lugar. El último ciclo de quimio me ha cobrado un mayor peaje que los anteriores.

Mis fuerzas y mis defensas se han ido de vacaciones, si bien es cierto, que no sé si juntas o por separado. Si he de ser sincera, creo que se han apuntado a algún programa de intercambio vacacional, porque en su lugar, han llegado unos sofocos del tamaño de huracanes que me arrasan sin piedad. Las noches las paso entre sudores fríos y calientes, secándome con la toalla y cambiándome de camiseta cuando me quedo helada para no acatarrarme.  

Hoy al salir a pasear, me he encontrado a un amigo al que le han colocado una prótesis de cadera, caminaba con las dos muletas mucho más deprisa que yo sin ninguna, porque mi velocidad de crucero, es velocidad caracol.

He de reconocer que voy haciendo pequeños progresos. Mi cuerpo va poco a poco recuperando la musculatura que perdió, aunque aún me quede mucho tiempo para recuperarla del todo y poder llevar una vida normal. Ya ni siquiera digo trabajar, porque las manos me tiemblan sin parar.

Como con el ciclo anterior ya se me cayó bastante pelo, pensé que ya no se me caería más, craso error por mi parte pensar eso, la semana pasada comenzó a caerse en grandes cantidades y pensé que a ese paso no me iba a quedar ningún pelo, ni de lista ni de tonta. Y así estamos. como veréis todo muy divertido y ameno.

A veces es necesario tirar de ironía para hacer más llevaderos los momentos difíciles.


                                                                          Paula Cruz Gutiérrez.



martes, 4 de abril de 2017

¿Y con los niños qué hacemos?

Con la llegada de la enfermedad se nos planteó el dilema de cuando y cómo decírselo a nuestros hijos, aún son pequeños y era difícil que lo comprendieran.
                                                                                                                                                                     
¿Y con los niños qué hacemos?

Cuando me diagnosticaron la enfermedad lo primero que pensé fue en nuestros hijos.

Hay muchas familias en las que hay niños pequeños, en éstos casos uno se plantea cual es la mejor manera de afrontar la situación.

Se tratase de una enfermedad menor, que fuese a durar poco tiempo, es obvio que podemos evitar explicárselo a los niños. Pero cuando se trata de una enfermedad grave y duradera es mejor decírselo. Aunque la solución más fácil sea ocultarlo, no es lo más recomendable porque los niños tarde o temprano se enterarán  y tal vez las conclusiones que saquen no sean las más adecuadas.

En nuestro caso, tenemos un niño de 5 años y una niña de 3. Desde el  momento en el que empecé a ir al médico para realizarme las primeras pruebas, les dijimos que íbamos al médico porque mamá tenía “pupa” en la tripa.  Cuando me operaron, el niño fue a verme al hospital y después  han ido viendo la cicatriz mientras se curaba y mi hija se empeñaba en enseñársela a las visitas. También les expliqué que debido a las medicinas que los médicos me estaban administrando, probablemente se me caería el pelo. Lo han tomado con tanta naturalidad, que presumen que su mamá esté calva.

Dentro de unos días vuelvo a entrar en el quirófano y ya les he explicado que estaremos su papá y yo unos días en el hospital para que me terminen de curar la tripa.

Como son pequeños a veces me preguntan porqué tardan tanto los médicos en curarme, yo les contesto que es un proceso lento, pero que no se preocupen que pronto me recuperaré.

Salud para todos.