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domingo, 17 de diciembre de 2017

La peque crece.


Hace unos días nuestra hija cumplió cinco años.

Parece mentira que hayan pasado cuatro años desde aquella mañana fría de invierno cuando fuimos a recogerla. Tuve que llamar por teléfono para decirles que era probable que llegásemos tarde porque nevaba mucho e íbamos despacio detrás de una máquina quitanieves.

Al final, conseguimos llegar a la hora acordada.

Cuando llegamos, allí estaba ella con sus dos moñitos y su cara traviesa. Fuimos durante tres días consecutivos para que nos conociera y por fin pudimos traerla a casa.

Ayer tuvo su primer examen de taekwondo, estaba radiante y nerviosa con su traje nuevo. Fuimos a verla mientras se examinaba y al terminar a pesar de ser de las más pequeñas, partió la tabla de un golpe seco. 

Ya no tiene los dos moñitos, pero sí la misma cara y los mismos hechos desde el día que llegó. Es inquieta por naturaleza, inteligencia pura, cabezota y cariñosa. Cuando la conocimos no soportaba que nadie la abrazase ni le diese un beso, ahora es ella la que viene a dárnoslos.

Nuestros hijos como es normal van creciendo y yo estoy contenta de ir viéndolo.


                                                                          Paula Cruz Gutiérrez.




martes, 5 de diciembre de 2017

EL PeRRo.


Desde muy pequeña me gustan los animales. Por alguna razón que desconozco siempre he sido abogada de causas difíciles y he tenido la necesidad de ayudar a animales desvalidos. Esto me llevó a adoptar perros, pájaros, peces o gatos. Hemos tenido mil y un animales. Ha habido épocas en las que nuestra casa parecía un zoológico y si no tenemos más es por falta de espacio. Me encantaría tener gallinas para no tener que comprar huevos.

Últimamente no sé muy bien porqué, siento la necesidad de coger otro perro. Ya tenemos uno de tamaño mediano-grande que lleva con nosotros ocho años. Pero ahora, se me ha metido en la cabeza traer otro de tamaño mini. He ido mirando en diferentes protectoras y me han gustado varios, pero al final, no me decidido a llamar a preguntar por ninguno. Porque por otro lado, pienso que ya tenemos un perro y que otro sólo nos dará más trabajo. Pero ésta auto excusa no termina de convencerme.

Dependiendo del día pienso una cosa u otra y al final no consigo ponerme de acuerdo conmigo misma. Lo que me genera cierta ansiedad por no ser capaz de decidirme.

Total, que así van pasando los días y yo sigo con mi rurun en la cabeza. Escuchando a una vocecilla que me dice que adelante y luego escuchando a otra que me dice que ni se me ocurra.

Al final, un día vi un perrillo en una protectora que me gustó, les envié un email para preguntarles por él, pero nunca contestaron.

Después vi otro en una protectora cerca de casa y volví a intentarlo. Esta vez si me respondieron y la persona que me contestó me envió una foto de otro perro que según ella se adaptaba mejor a nuestras necesidades. !Juro y perjuro que yo no pido un perro con glamour¡ Pero al verlo, no supe si reírme o llorar ¿Cómo demonios podía ser tan feo?. !!Socorro, si era cómo una rata electrocutada.¡¡.Que el universo me perdone por fijarme únicamente en el exterior y no en la belleza interior, pero es que no puedo. Seguro, que con una mano de champú y unos rulos queda niquelado, pero es taaaaaan feo.

En fin, que ahora se me han quitado las ganas.

                                                                                                                                                                                     Paula Cruz Gutiérrez.

lunes, 4 de diciembre de 2017

FeLiZ CuMPLeaÑoS.



Esta semana mi marido ha cumplido los años.

Este año lo hemos celebrado los cuatro juntos en casa. En años anteriores hemos comido acompañados, pero éste año nos apetecía celebrarlo con nuestros hijos.

Después de la escuela comimos tranquilos en casa y colocamos cuatro velas en unos pasteles que habíamos comprado. Nos los comimos contentos cantando el cumpleaños feliz, mientras brindábamos con sidra sin alcohol.

Mirando cómo los niños y mi marido cantaban y sonreían yo intentaba hacer alguna fotografía para inmortalizar el momento. Y en ése preciso momento, retrocedí  un año atrás. Como si una nave espacial me llevase a otro momento ya vivido, lleno de emoción, de esperanza y de incertidumbre. Cuando sí que celebramos los cumpleaños acompañados por más gente, mientras yo superaba los efectos secundarios de la quimioterapia y esperábamos a que llegara el día de entrar de nuevo al quirófano. Ajenos e ignorantes, sin ser conscientes de la que se nos avecinaba.

De repente sentí como si nuestra cocina fuese una cápsula del tiempo, en la que habitábamos los cuatro. Me invadió un inmenso sentimiento de estar en el lugar y en el momento adecuado, de estar en mi sitio. De no desear ir a ningún otro lugar fuera de aquellas cuatro paredes. Y entonces, mientras observaba a mi familia, surgió en mi interior un profundo sentimiento de agradecimiento. Por ver que mi marido no estaba viudo, que mis hijos seguían teniendo madre y que yo seguía aquí, a su lado. Terriblemente afortunada porque seguimos siendo una familia de cuatro miembros. Feliz porque a ratos puedo cuidar de ellos y otras veces son ellos, los que deben cuidar de mí.

Es indudable que si no hubiera sido así, que si yo hubiera muerto, ellos habrían celebrado de igual modo el cumpleaños, pero no creo que hubiese sido igual. 

Ahora después de todo lo acontecido durante éste año, celebramos cada día que seguimos adelante, celebramos mi recuperación, los cumpleaños y cualquier otra cosa que nos apetece. Celebramos la vida misma, con un plato de judías pintas y una copa de sidra. Puede que sean celebraciones discretas, sin grandes jolgorios ni mucha gente, ni con grandes menús, pero lo importante es que lo hacemos los cuatro juntos.

Y confieso que ahora que llegan las navidades me apetece celebrarlas de la misma manera. Perdernos los cuatro en algún lugar. No necesito nada más que un "fuerte abrazo en familia", como lo llaman mis hijos, cuando nos abrazamos los cuatro a la vez y nos apretamos fuerte fuerte.



                                                                          Paula Cruz Gutiérrez.


martes, 8 de agosto de 2017

rELLENANDO lA pLAYA



Mi estancia en la UCI dejó mi playa vacía y sin arena. Mi cuerpo quedó varado con grandes dificultades motoras. Aunque han pasado ya seis meses desde mi salida del hospital, continúo con ellas. 

Además de que perdí toda la masa muscular por estar tanto tiempo inmovilizada, se han ido sumando los efectos secundarios de los tratamientos oncológicos, que no han favorecido mucho mi recuperación. 

A día de hoy sigo sin tener demasiada fuerza en piernas, brazos y manos, camino con dificultad y me canso rápidamente. 

Me cuesta mucho trabajo sentarme y levantarme y si por casualidad me pongo de rodillas, no puedo levantarme sin ayuda. Esta flojedad en las piernas también me impide conducir.

En las manos además de la fuerza, perdí toda la precisión, algo fundamental para realizar mi trabajo. He tenido que aprender a comer de nuevo, primero con una cucharita de postre y después con una cuchara sopera. Me costaba mucho trabajo utilizar el tenedor y el cuchillo, que aún no manejo bien. No puedo cortar nada que sea un poco duro, como la corteza de melón y tampoco puedo pelar la fruta o una patata, porque me resulta imposible asir el cuchillo y hacer fuerza al mismo tiempo para cortar.

Frente a este panorama tan alentador yo no me doy por vencida. Cada día intento ir rellenando algún hueco, unos días con piedrecitas y otros con arena. 

Por eso, aunque no puedo subir ni bajar las escaleras intento evitar subir por el ascensor si voy a un primer piso.

Con las manos ocurre lo mismo, intento hacer todo aquello que veo que puede ayudarme. Se me olvidó escribir y estoy volviendo a aprender, aunque aún lo hago mal, y con el ordenador intento teclear bien aunque me falte fuerza en los dedos para pulsar las teclas. La escritura para mi se ha convertido tanto en una terapia física como psicológica. 

He comenzado a hacer pequeñas cosas con fieltro, objetos como diadémas (para adornar mi cabeza sin pelo) o ratoncillos para que mis hijos metan los dientes cuando venga el Ratoncito Pérez.

Son trabajos sencillos que no necesitan gran precisión ni puntadas finas. Pero que me sirven para ir recuperando poco a poco las manos, porque veo muy difícil volver a recuperar todo lo que he perdido a medio plazo. 

A la espera de que mi recuperación llegue algún día, yo voy poniendo mis granitos de arena, a ver si consigo rellenar la playa entera.


                                                                       Paula Cruz Gutiérrez.

lunes, 24 de abril de 2017

Desde aquí arriba…

                                                 

Desde aquí arriba, la mirada se pierde en el horizonte. Puedo ver cómo la naturaleza fluye a mi alrededor, cómo el sol se refleja sobre la superficie salada de la laguna, desprendiendo miles de destellos plateados. Todo es quietud, la naturaleza no sabe de prisas.

Desde aquí arriba, puedo vislumbrar mi vida. Pasado, presente y futuro, éste ayer incierto y hoy mucho más cierto.

Puedo observar mi cuerpo, antes joven y terso. Otrora maduro. Ver todas aquellas huellas que el paso del tiempo ha ido dejando y que conforman mi historia.

Puedo sentir cómo por mis venas corre la quimio, junto con la fiebre, las nauseas, los dolores y los desesperos.

Ahí abajo puedo ver cómo transcurre la vida. Cómo mis hijos juegan felices, sonrientes, completamente ajenos al desasosiego que me inunda. 

Sus risas se confunden con el murmullo del viento, con los cantos de las  aves que sobrevuelan la laguna. Junto con ellos la brisa arrastra hasta aquí, aromas de tierra y pinos. El olor del campo.


Desde aquí arriba la vida se me antoja corta, dura e intensa. Se me presenta de múltiples colores, olores y sabores por descubrir. 

Momentos cortos o largos que conforman nuestra cotidianeidad. Recuerdos que nos alimentan por dentro y nutren nuestra memoria. Instantes que nos traen felicidad y nos ayudan a tomar impulso para conformar nuestros días.

Desde aquí arriba he descubierto un lugar privilegiado, donde el tiempo y el espacio se funden, nada condiciona ya mi posición, estoy tranquila. He aprendido a mantenerme firme y viva.

La enfermedad me colocó aquí arriba y desde aquí continuaré observando.

Desde aquí arriba, la vida se me antoja puro amor, para dar y tomar.

Porque todos somos merecedores de ello.

Como final, os confieso que escribo desde abajo, porque aún, no puedo subir las escaleras.

Un beso.

martes, 4 de abril de 2017

¿Y con los niños qué hacemos?

Con la llegada de la enfermedad se nos planteó el dilema de cuando y cómo decírselo a nuestros hijos, aún son pequeños y era difícil que lo comprendieran.
                                                                                                                                                                     
¿Y con los niños qué hacemos?

Cuando me diagnosticaron la enfermedad lo primero que pensé fue en nuestros hijos.

Hay muchas familias en las que hay niños pequeños, en éstos casos uno se plantea cual es la mejor manera de afrontar la situación.

Se tratase de una enfermedad menor, que fuese a durar poco tiempo, es obvio que podemos evitar explicárselo a los niños. Pero cuando se trata de una enfermedad grave y duradera es mejor decírselo. Aunque la solución más fácil sea ocultarlo, no es lo más recomendable porque los niños tarde o temprano se enterarán  y tal vez las conclusiones que saquen no sean las más adecuadas.

En nuestro caso, tenemos un niño de 5 años y una niña de 3. Desde el  momento en el que empecé a ir al médico para realizarme las primeras pruebas, les dijimos que íbamos al médico porque mamá tenía “pupa” en la tripa.  Cuando me operaron, el niño fue a verme al hospital y después  han ido viendo la cicatriz mientras se curaba y mi hija se empeñaba en enseñársela a las visitas. También les expliqué que debido a las medicinas que los médicos me estaban administrando, probablemente se me caería el pelo. Lo han tomado con tanta naturalidad, que presumen que su mamá esté calva.

Dentro de unos días vuelvo a entrar en el quirófano y ya les he explicado que estaremos su papá y yo unos días en el hospital para que me terminen de curar la tripa.

Como son pequeños a veces me preguntan porqué tardan tanto los médicos en curarme, yo les contesto que es un proceso lento, pero que no se preocupen que pronto me recuperaré.

Salud para todos.