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viernes, 29 de mayo de 2020

eL BoSQue DeL TieMPo.




Hoy hemos viajado al bosque que componen los edificios de Madrid porque me tocaba recibir de nuevo, el tratamiento oncológico, los veintiún días se pasan volando, estemos libres o confinados. 

Siempre suelo darle un abrazo o dos besos a mi oncólogo, pero ahora esa costumbre la hemos tenido que cambiar por una sonrisa medio escondida detrás de la mascarilla y que sube hasta el rabillo del ojo. Solemos bromear entre nosotros, si ve que algún día llego más decaída me pincha, diciéndome que no estoy ya ni para echarme al contenedor de reciclaje. Pero esta mañana ha sido mi turno, y le he dicho bromeando, que de perfil comenzaba a parecerse a mí, que la tripa le iba creciendo. Se ha reído, y me ha contestado que su mujer opinaba lo mismo que yo. 


Después de cinco operaciones en la misma zona, la pared interna de toda mi zona abdominal ha disminuido mucho su grosor, debilitando también su musculatura y al no poder sujetar adecuadamente mis órganos internos, tengo una barriga considerable. Son gajes del oficio de estar viva, mejor tener barriga que no tener nada, como supuestamente iba a ocurrir. 


Pero bueno, ya sabemos que la lógica y las estadísticas, conmigo tienen poco trabajo.

Después de la consulta he subido a la zona de boxes para recibir mi tratamiento. 


Sentada en mi sillón, mientras la enfermera colocaba la medicación en la bomba, escucho en el pasillo cómo otro enfermo le pregunta a otra enfermera cuanto tiempo de tratamiento tendrá hoy, a lo que ella le responde que han calculado que unas tres horas y media aproximadamente. El le responde sorprendido: ah, ¿sólo? Qué bien. 


Entonces sonrío y me acuerdo de cuando yo estaba en su lugar, paseando entre los troncos de las horas que componían mis días, y me doy cuenta de lo relativo que es el tiempo, que lo que a unos les parece un simple paseo, para otros es  toda una eternidad. Porque claro, habiendo pasado ocho horas sentada en un sillón recibiendo el chute de "agua bendita", esas tres horas y media nos parecen una nimiedad.


Y sonrío también porque los enfermos oncológicos, nos conformamos con que nos disminuyan nuestros tratamientos de quimioterapia, y aunque sólo sean cinco minutos, para nosotros eso es todo un triunfo. Así, algunos paseos se nos hagan más cortos que otros.


Cuando uno es enfermo crónico hay muchos pequeños triunfos que celebrar, porque el camino es muy largo y sinuoso.

Feliz día a todos. 



                                                                      Paula CRuZ Gutiérrez. 

domingo, 5 de abril de 2020

PaToLoGíaS PReVias.


Anoche al meterme en la cama el sueño apareció escurridizo. Como no me dormía me dio por pensar en el virus ese del que últimamente habla todo el mundo. Parece que no es una cuestión baladí, además, al listado de fallecidos, siempre lo acompañan con la misma coletilla: con patologías previas. Y yo me pregunto qué significarán esas palabras.

Me pongo a pensar si yo tengo alguna posibilidad de entrar en este grupo de riesgo. Mentalmente y en silencio, voy repasando las enfermedades que he tenido a lo largo de mi vida.

Cuando tenía cinco o seis años, me operaron de anginas, pero creo que eso no cuenta. Hace tres años, tuve una insuficiencia respiratoria que me obligó a estar un mes enganchada a un respirador, pero pienso que eso tampoco es importante. También he tenido en dos ocasiones cáncer con metástasis en ambos casos, ya superados. Pero creo que esto tampoco va a ser una patología previa. Al final me canso de tanto pensar, porque no llego a ninguna conclusión.

Pero justo antes de dormirme, me acuerdo de que hace muchos años me hice un esguince en el tobillo izquierdo, y entonces decido que lo mejor será quedarme en casa. No vaya a ser que el esguince sí sea considerado como una patología previa. 😂😂😂.

A veces es bueno reírse de uno mismo.


                                 
                                                                     Paula CRuZ Gutiérrez. 

martes, 31 de marzo de 2020

La LLeGaDa De DaViD.


Este virus traicionero está haciendo que muchas personas fallezcan antes de tiempo, pero también vemos cómo gente querida va sanando.

Y dentro de tanta desolación la vida continúa, como su propio nombre indica, porque si no fuese así, no se llamaría vida. 

Hace una semana, vino al mundo un bebé precioso. Al que sus padres sabiamente, dicho sea de paso, han puesto por nombre David. 

El ha decidido venir antes de tiempo, como sabiendo que si llegaba más tarde, habría mayor caos en el hospital y ni a su mamá ni a él, les podrían atender como se merecían. 

Un bebé valiente, enfrentándose a su propio Goliat. un bebé que el día de mañana podrá contar a sus amigos que nació en plena pandemia mundial.

Un bebé que tan solo con su presencia ha conseguido derrotar al gigante. 

Porque nuestra existencia es así, está llena de momento tristes, pero también de otros maravillosos. Nuestra mejor opción, es aprender a nadar entre ellos y evitar que sus olas nos arrastren. 

Como la vida está llena de sabiduría, siempre nos da un poco de quietud. 


                                                                                                                                                                                      Paula CRuZ Gutiérrez. 

martes, 24 de marzo de 2020

QueRiDo SaNCHo.


--¿Mi querido Sancho, válgame Dios, quiere vuestra merced hacerme el favor de permanecer en el interior del palacio?

--Pero señoría, he de ir junto a mi esposa e hijos. Saben que ya hemos vuelto de nuestra última aventura y esperan ansiosos mi retorno. 

--Cómo dices eso? ¿No oyes el relinchar de sus caballos? Ahí fuera hay un enemigo difícil de derrotar, todo un ejército malvado. Hemos de diseñar un plan para poder encantarlos y así poder derrotarlos. Para ello tenemos que permanecer aquí, pensando cual será nuestro proceder al respecto. 

--Venga vuestra meced, sabe que pensar no es lo mio, para eso está usted. Yo solo quiero volver a mi casa. Y no oigo otra cosa que el rechinar de mis tripas.

--Ahora nuestra casa es esta Sancho. Debemos impedir que el enemigo nos encuentre y por ende, nos alcance. Eso sería extremadamente peligro, porque se han confabulado en contra nuestra. 

--Como guste mi señor, usted es el destinatario de toda mi confianza y, si usted dice que no hemos de salir de aquí, pues nos quedaremos. ¿Pero dígame, qué haremos aquí dentro?. 

--Pues encontraremos la manera de derrotar a ese virus que nos acecha. Además, podemos leer libros de caballerías, comer ricos manjares, pensar un plan para rescatar a mi amada Dulcinea de ese bellaco que tiene como señor o incluso tumbarnos en el patio a ver las estrellas.

--Pues así sea su señoría y, si mientras pensamos nos comemos unos chorizos, seguro que nuestra mente se muestra más lúcida después.

--Gracias amigo. Intentaremos hacerle llegar un mensaje a esa fermosa dama que tenéis por esposa. Le daremos explicaciones de la aventura en la que nos hayamos.



                                                                        Paula CRuZ Gutiérrez.


jueves, 11 de octubre de 2018

El Port Cath.

                       Resultado de imagen de fotos port cath

Y volví a encontrarme frente al reloj azul, aquél que contemplé durante el tiempo que duró la colocación del port cath en mi pecho. Mis venas se habían estropeado a causa de los ciclos de quimioterapia y era necesario implantarlo para seguir con el tratamiento. A pesar de que los médicos eran reacios a ponérmelo, porque podía producir coágulos pulmonares y con mis antecedentes había que tener mucho cuidado.


Tras la última revisión en la que todos los resultados eran satisfactorios y se apreciaba que el cáncer había desaparecido para nunca volver, el doctor me aconsejó que me quitara el reservorio. Primero porque ya no lo iba a necesitar y segundo porque psicológicamente me iba a ayudar a olvidarme de la enfermedad.

El lunes a media mañana volví a entrar al quirófano donde quince meses antes me habían implantado el dispositivo. Así pues, me encontré de vuelta en el mismo quirófano, con el mismo doctor, el mismo equipo y el mismo reloj. 

Cuando el doctor procedió a inyectarme la anestesia local me dolió tanto que me eché a reír. Sentía como si me cortase con el bisturí a sangre fría.

Si a priori, prometía ser una tarea fácil y mucho más rápida que la vez anterior, no fue así. El porta parece que había desarrollado algún tipo de fibrosis junto con mi organismo y no había manera de extraerlo. Por más que el doctor estiraba de él, mientras una enfermera me sujetaba la cabeza. Pero no había manera de sacarlo. El equipo me preguntó en varias ocasiones si necesitaba más anestesia, a lo que respondí que no. Aunque sí les comenté que la situación era muy desagradable. 

Tumbada con los ojos cerrados bajo aquel foco infernal, me imaginaba que el porta se había convertido en una especie de pulpo que se asía fuertemente a mí con cientos de ventosas.

Tanto me hurgaban, estiraban y apretaban que les pedí muy amablemente que si encontraban petróleo me lo comunicasen. Obviamente todos se echaron a reír y me dijeron que sí. Una lástima que al final no lo encontraran.

Como pasaba el tiempo, respiré profundamente y decidí despedirme de él dándole las gracias por su ayuda. Fue entonces cuando el doctor decidió agrandar el hueco que había hecho anteriormente con el bisturí y así de ésta manera poder sacarlo al fin. 

Conclusión: tengo el doble de puntos que la vez anterior. Costura que le costó más trabajo hacer porque aún tengo la musculatura y la piel más laxa de lo habitual, ya que aún no he recuperado toda la masa muscular que perdí en la uci. Ahora a esperar a ver qué tal me queda el "bordado". Tengo puntos de hilo, pegamento para unir y puntos de papel, todo ello tapadito con una gasa, por la que sobresale un amplio hematoma de mil colores.

He de confesaros que cuando pase el dolor y me retiren los puntos lo único que me quedará será DESCANSO. Durante éstos meses ha sido un auténtico incordio. Durante la intervención el doctor me comentó que lo ponen en el mismo sitio por estética, ahí no se ve, pero yo hubiera preferido que se viera (de todas formas lo hacía) y que me molestara menos.

Ahora podré volver a dormir boca abajo, ponerme un sujetador o un vestido con tirantes sin que me roce o llevaré el cinturón de seguridad o el bolso cruzado sin que me moleste. Cuando mis hijos vengan a abrazarme ya no me clavarán la barbilla en el dispositivo, ni me picará ni me dolerá como lo hacía. 

Por otro lado, su retirada significa que mi enfermedad ha pasado. A partir de ahora tendré que llevar a cabo las revisiones oportunas, pero nada más.

Podré seguir contando mil batallas más!.



                                                                         Paula Cruz Gutiérrez.






domingo, 7 de octubre de 2018

Quién soy yo.


Existe una teoría que nos explica que cuando un cuerpo está enfermo, necesita empeorar su estado general  para poder sanarse.

Esto parece ser que fue lo que me ocurrió a mí. Mi cuerpo optó por colapsarse por completo, para volver a reiniciarse desde cero después. Todo mi organismo se paró a la espera de nuevas órdenes, todo, salvo mi mente y mi corazón que siguieron funcionando.

Durante el tiempo que permanecí inconsciente, puede ver cómo trabajaban los miembros de la UCI. Incluso reconocí varias de sus caras al despertar, cuando yo no los había visto nunca.

La cuestión que os planteo es la siguiente: si yo estaba inconsciente y tumbada boca arriba en la cama, ¿cómo es posible que pudiera ver al personal y no solo el techo?, ¿no sería algo imposible?.

Sin embargo, yo tuve siempre una visión frontal, los veía de frente, cómo trabajaban, entraban o salían de la sala.

Recordaba todo ésto, pero no había caído en éste detalle, hasta que en agosto hablando con una persona me preguntó: ¿Y desde qué punto los veías?.

Ahí me di cuenta de que una persona que está tumbada y sedada es impensable que pueda ver lo que ocurre a su alrededor. La única explicación plausible a esta cuestión, es que para poder verlos de frente, parte del tiempo debía estar fuera de mi cuerpo.

En ese momento fue cuando uní todas las piezas del puzzle. Me percaté de que yo soy yo, un alma o un ser que habita éste cuerpo. Pero no soy el cuerpo.

Pensaréis que estoy loca, pero yo lo tengo muy claro.



                                                                          Paula Cruz Gutiérrez.

martes, 24 de abril de 2018

Dónde MIs Pasos Me LLeven.


Hoy mis pasos comienzan caminar hacia otro lado. Iré donde mis pies me lleven y mi alma me aconseje.

Después de 25 ciclos oncológicos mis tratamientos se terminan.

Ahora  mis trayectos dejarán de ser de 21 días, para convertirse en lo largos o cortos que yo desee. Sin prisas, porque ya no existen plazos que cumplir.

Acaba una etapa larga de 21 meses, cuando en realidad, los médicos sólo me daban 3.

Se dice que cuando uno es consciente de lo que es y de lo que quiere y comienza a utilizar su mente como medicina, para poder recuperarse ha de empeorar antes.



Partí de una situación tan nefasta y empeoré tanto que morí. 




Decidí que para poder seguir caminando juntos, mi cuerpo debía librarse de todo aquello que nos producía dolor. Tomé la decisión de abandonarlo, con la idea de volver cuando él se hubiese desecho de todo aquello que nos contaminaba y nos impedía avanzar. Afortunadamente, sólo tardó un día en librarse de todo lo malo y el equipo médico mientras tanto decidió esperar, desconozco el motivo por el cual decidieron no desconectarme y esperar.



Y gracias a las cientos de personas en todo el mundo que pidieron al universo que me curara, que rezaron por mí, que me pusieron velas y que me hicieron reiki a distancia. 

Fue tan grande bola de energía enviada, que me levantó hacia arriba de nuevo. Quiero recordar a una pobre monja de Costa Rica que al intentar hacerme reiki se asustó, porque yo era la luz más grande y más brillante que nunca había visto y se aterró. Pero aun así, tuvo el valor de volver e intentarlo de nuevo para ayudarme.

Somos mente y energía, nunca lo olvidéis.


Y entonces una vez mi cuerpo limpio y llena de energía renovada, volví y los médicos dijeron que había resucitado. 


A mi vuelta, mi mundo había desaparecido bajo un enorme terremoto  que lo había arrasado todo.  Y desde ese punto de no retorno, sin ni tan siquiera fuerzas ni cimientos, tuve que empezar de nuevo, a hilarme una vida nueva. Ni mejor ni peor, sencillamente distinta a la que tenía. 

¿Cómo pueden pretender algunas personas, que piense y actúe como antes?.

Aquella Paula se fue para no volver y quedó bien enterrada entre los escombros del pasado.  Ahora hay otra persona que sabe bien lo que es perder y ganar, que sabe bien lo que  es esforzarse para alcanzar su meta. Que no le tiene miedo a nada ni a nadie. Que cree firmemente que si de verdad sentimos y deseamos algo, podemos conseguir todo lo que nos propongamos. No existen los ni límites ni las metas.

Al levantarme del sillón e ir a coger mi bolso después de acabar el ciclo, me ha ocurrido algo muy especial. Allí de pié en la pequeña sala donde tantas horas he pasado, de repente, me ha invadido una sensación inmensa de gratitud. Ha sido tan fuerte, que he tenido la sensación de flotar girando sobre mi propio eje. En ese momento, he recogido todo el amor que he sido capaz y se le he ofrecido en forma de agradecimiento  a la sala y a sus compañeras, todas partícipes por igual de mis tratamientos. Con todo mi amor le he dado las gracias y me he despedido de ella para siempre, porque sé, que nunca volveré a necesitarla.

A partir de ahora, tan sólo volveré al hospital a las revisiones y a saludar a esos dos grandes equipos de la UCI y de  la UCO a los que nunca seré capaz de darles suficientemente las gracias por haber confiado en mí, aun en los peores momentos.

Hoy todos me han felicitado y se han despedido de mí con besos y abrazos.

Termina un camino y comienza otro con destino... a la VIDA.

Espero que todos me acompañéis.

Un millón de besos.


                                                                         Paula Cruz Gutiérrez.









miércoles, 31 de enero de 2018

Por Fin Puedo Respirar!!!


Hace un año me encontraba en ésta tesitura.


Aún recuerdo la tarde en la que Susana (mi enfermera del turno de tarde) quiso ponerme un tapón en la traqueotomía para quitarme la ventilación asistida. Llevaba unos días respirando con poca ayuda de la máquina e iba siendo hora de retirarla. Con una de sus sonrisas se acercó a mi cama y me dijo lo que había pensado. Entré en modo pánico, frente a la posibilidad de tener que respirar yo sola sin la ayuda del respirador automático, pero aún así, asentí para darle mi consentimiento. Ella retiró el tubo, sacó el tapón e intentó ponérmelo, pero no  funcionó.

A la mañana siguiente se lo comenté a Conchi, mi enfermera de la mañana. Siempre me comunicaba por señas o escribiendo en un papel y otras veces conseguía que me leyesen los labios ya que con la traqueotomía no podía hablar. Con una sonrisa me dijo: eso lo soluciono yo ahora mismo. Entonces me retiró el tubo y me puso una gasa sujeta con un esparadrapo en el hueco de la traqueo para tapármela. A continuación apagó el respirador y me liberó de él para siempre. 

La sensación de respirar por tí mismo es increíble. Yo me asombraba de las cosas que hacemos de manera automática todos los días de las no somos conscientes. Para mí era todo un reto respirar, masticar y tragar al mismo tiempo. ¡Era algo impensable! y sin embargo lo hacemos a diario sin darnos cuenta.

Allí con la cama incorporada esperé impaciente a que llegara mi familia. Me encontraba pletórica.

Mi cama estaba en un lugar privilegiado de la sala, frente a la puerta y al mostrador de enfermería. Por eso, cuando vi que mi marido atravesaba la puerta que separaba la uci del resto de la segunda planta del hospital, lo recibí con una amplia sonrisa. ¡¡lo había conseguido, por fin estaba libre de la máquina, estaba respirando yo sola!!

Al llegar mi marido me dio un beso y yo, poniéndome el dedo sobre el esparadrapo le dije: Hola.

¡¡¡Fueron mis primeras palabras en un mes!!!


Por fin había conseguido la llave para salir de la uci y trasladarme a una habitación individual.

Como el hueco no se cerró bien, tuve que volver a pasar por el quirófano otra vez antes de volver a casa. Ya que estaba dormida aprovecharon para cerrarme una herida muy profunda que tenía en la tripa y que antes no me la habían cerrar porque estaba muy débil. Fue la tercera intervención quirúrgica en poco más de un mes.

Y como tenía tantas ganas de volver a casa, conseguí que me enviasen un día después de la intervención.

Había acabado mi largo ingreso hospitalario. Contra todo pronóstico volvía a casa.



                                                                         Paula Cruz Gutiérrez.

sábado, 6 de enero de 2018

Hoy


Hoy ha amanecido el cielo encapotado y gris, el típico día de invierno en el que te apetece quedarte en el sofá y contemplar el frío y la lluvia a través de los cristales.

Hoy día de Reyes hace un año que me desperté de la sedación. 

Hoy cumplo un año desde que conseguir salvar lo insalvable. Sin duda alguna, el mejor regalo de Reyes. Aunque los Reyes Mayos habían pasado el día anterior por el hospital y me habían dejado de regalo una manta.

Tras varios intentos fallidos por retirarme el tubo del respirador e intentar despertarme, el día 6 de enero lo conseguí. Aunque he de reconocer que después estuve más de una semana en la que mi lucidez desaparecía y a ratos volvía a  mi mundo imaginario en el que había estado durante el período de sedación.

Estando ya despierta intentaron retirarme el oxígeno, pero aún no estaba preparada y tuve una fuerte crisis de pánico, por lo que decidieron que al no estar preparada para respirar de forma autónoma, lo mejor era realizarme una traqueostomía. Ya no podía permanecer más tiempo entubada y ésta parecía ser la mejor solución. Yo me puse muy nerviosa ante aquella decisión, cualquier cosa menos aquella. Sobre mí planeaba la sombra de mi padre que estuvo durante doce años con la traqueostomía sin cerrar. No deseaba aquello para mí. Yo que sólo estaba medio lúcida no acababa de entender aquella decisión.

Nerviosa y alterada volví a entrar en quirófano y el disgusto aumentó cuando al despertar, me dí cuenta de que no podía hablar ya que el aire se me escapaba por el hueco de la garganta.

Sin hablar y sin poder moverme porque había perdido toda la masa muscular, el horizonte se me antojaba desolador.

Hay veces en las que uno se siente enjaulado, sin perspectivas de poder liberarse.


                                                                                                              Paula Cruz Gutiérrez.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Mi Navidad en la uci.


    Un día tal como hoy hace un año, en la misma cama del hospital se producían dos batallas muy distintas.

     Por un lado, estaban los equipos médicos y de enfermería luchando por encontrar el antibiótico que me sacase del paro multiorgánico que sufría debido a la peritonitis. El fallo renal había provocado que mi cuerpo estuviese hinchado a causa de los fluidos y el único órgano que seguía funcionando era el corazón. Como pocas personas sobreviven a ésta situación, los médicos le comunicaron a mis familiares que era cuestión de horas que yo falleciera.


   Pero hubo suerte y tras recibir el cultivo que esperaban dieron con el ansiado antibiótico, lo que me hizo remontar.


   Por otro lado me encontraba yo, totalmente ajena a todo lo que ocurría a mi alrededor porque mi mente libraba su propia batalla. En el mismo momento en el que entré en la uci, mi mente empezó a funcionar de manera automática debido a la cirugía y a la fuerte medicación que me estaban administrando. 


   Mi odisea particular comienza así: "Es la noche de nochebuena y he desaparecido, cuando mi familia vea que no voy a cenar comenzarán a buscarme..."

  Durante todo el tiempo que estuve sedada  e incluso algunos días después de haberme despertado, seguí con mis pesadillas. Sin saber cómo había terminado la noche de nochebuena en una clínica clandestina donde experimentaban con antibióticos. Todo aquel que entraba ya no salía. Cuando me retiraron la sedación y me desperté yo no me enteré, porque yo nunca fui consciente ha estar dormida. Esa semana dio la casualidad de que fue una semana nefasta en la uci, cada día fallecían uno o dos personas y como yo no sabía dónde estaba, seguía pensando que estaba en la otra clínica) todo mi afán era salir de allí, por eso cuando llegaba mi familia yo sólo quería que me llevasen a casa. Tan sólo veía morir a gente y yo no quería ser uno de ellos. 

  Aunque no me moviera de mi cama en aquella sala, tuve la sensación de haber estado en varios lugares distintos, primero en una casa baja del centro de Madrid, después en un local amplio  de techos muy altos, donde estaban colocadas las camas, a continuación en una especie de carpa, luego en la misma sala que estaba pero decorada como si fuese una selva tropical. Otro día la sala se había convertido en la planta baja de una vivienda y como no había sitio, mi cama estaba en el pasillo que daba a la cochera y el último que recuerdo es estar en una sala decorada como si fuese el interior de un tren.

   Tuve compañeros adultos y niños, incluso bebés a los que una enfermera les daba el biberón y los duchaba en el box al lado del mio. Aunque todo ésto no fuese posible porque estaba en una uci sólo de adultos.

   Hay gente que opina que cuando un enfermo está sedado no se entera de nada, no estoy de acuerdo. Yo nunca había visto a los miembros de la uci y muchos de sus rostros formaron parte de mis pesadillas, al menos uno de los médicos, dos enfermeras y tres enfermeros.

   Fueron episodios terroríficos para mí, que me alteraban y me hacían luchar por salir de aquella situación y volver a casa.

   En fín, afortunadamente ya pasó todo y ha transcurrido ya casi un año desde que volví a casa.

    Este año la navidad está siendo completamente diferente.


                                                                                                                                                                                      Paula Cruz Gutiérrez.





martes, 14 de noviembre de 2017

Yo No.

La semana pasada mientras realizaba una actividad fuera de casa me sucedió una cosa. Habían colocado varias carpas para hacer dicha actividad y al terminar, los trabajadores del ayuntamiento llegaron para retirarlas. Pues bien, mientras yo hablaba con una amiga, ellos procedieron a retirar la primera de las carpas; en ese momento en el que la quitaban y plegaban, mi mente retrocedió de manera inmediata e inconsciente a la UCI.

Aquella carpa dejó de ser una carpa para convertirse en el ataúd portátil de la UCI. 

Ya han pasado diez meses desde que salí, pero aún hay muchas cosas que mi inconsciente tiene guardadas.

Durante el mes que permanecí allí ingresada  me dio tiempo de ver muchas cosas. Unas buenas y otras no tan buenas, porque vi morir a mucha gente.

Cada vez que veía la bolsa negra y cómo de ella extraían el ataúd plegable de aluminio, sabía que alguien había fallecido.

Hoy he sido consciente de algo de lo que hasta ahora no me había dado cuenta. Allí en aquella sala grande donde todo se veía, cada muerte era una tragedia. Pero hoy me he percatado de lo que realmente supusieron esas muertes para mí. Fueron simple y llanamente una RATIFICACIÓN. Porque cada vez que alguien moría se afianzaba en mí la idea de que yo no iba a morir allí como ellos.

Convenciéndome de que iba a vivir pese a que todo estuviese en mi contra.

Mi objetivo era volver a casa con mis hijos y cada vez que se producía un deceso, en mi mente saltaba un resorte y una voz me decía "yo no voy morir"

Hoy, he entendido por fin su significado. Esas muertes han dejado de ser para mí un hecho desagradable, para convertirse en parte de mi sanación. He comprendido que sólo eran la manera en que la vida me obligaba a mantenerme firme en mi decisión. Que sólo eran una señal de que debía continuar. Que la función de esa voz era mantenerme alerta.

Hoy, me siento agradecida y un poco más ligera de equipaje.


                                                                          Paula Cruz Gutiérrez.


martes, 26 de septiembre de 2017

Un dIA dE cOlOrinEs.


Afortunadamente hay días muy buenos.


Hoy ha sido uno de ellos.

A primera hora nos hemos ido a Madrid porque me tocaba tratamiento. He de seguir con el medicamento de "mantenimiento" cada veintiundias hasta el mes de Junio. Aunque "mi amigo" el cáncer ya no da señales de vida.

El departamento de Oncología del Hospital de la Zarzuela de Madrid, está ubicado en un chalet independiente. En la planta baja esta el mostrador de recepción con las consultas y en la primera planta, enfermería y los boxer de tratamiento. Son pequeñas habitaciones individuales con un sillón para el paciente y otro para el acompañante, un lavabo y una televisión.

Tras la analítica y la consulta, hoy me ha tocado el boxer 2. Mientras me administranban la medicación he contado las horas que he pasado sentada en éstos sillones en el último año. Han sido exactamente  65 horas. Unas las he pasado revuelta, otras adormilada o durmiendo y otras tan mal que tan sólo he podido ver cómo pasaba el tiempo.

Después de salir, hemos subido a la UCI a saludar al personal, con el verano hace tiempo que no veía a algunos de ellos. Justo cuando hemos llegado estaban de reunión de Humanización los dos turnos. No hemos querido interrumpir y tras saludarlos y darle la bolsa de magdalenas que les llevaba para merendar nos hemos ido. Otro día volveremos más despacio para dar los achuchones correspondientes.

Cuando los he visto allí y he visto a mi "amiga", la enfermera que se portó tan mal conmigo el mes que estuve allí ingresada, he pensado que a ella en vez de un curso de humanización deberían darle dieciocho (qué mala soy). Pero en el fondo le estoy agradecida, porque con su actitud, me hizo apreciar mucho más el cariño de todos los demás enfermeros y enfermeras. Muchas gracias de nuevo a todos.

Bravo por ese esfuerzo por humanizar el servicio.

!Podéis imaginaros cómo han terminado la reunión¡.
!Comiéndose mis magdalenas¡.
Y yo, más feliz que una perdiz.



                                                                          Paula Cruz Gutiérrez.







miércoles, 6 de septiembre de 2017

NuNCa Me RiNDo




Cuando me desperté en la UCI del coma inducido, me contaron que había sufrido una fuerte peritonitis que me había dejado sin capacidad pulmonar y por eso estaba conectada al respirador. También me contaron que había estado dos días con paro multiorgánico y que a mi familia le habían dicho que era imposible que sobreviviera. Yo lo único que acerté a decir fue que " los médicos no sabían quién era yo". Ahora que ya estaba despierta no pensaba irme a ningún otro sitio que no fuera mi casa.


En algún momento de mi historia, alguien tatuó a fuego en mí la frase "no rendirse". No sé cuando ni como sucedió y no había sido consciente de ello, hasta que el cáncer apareció.

Aquí fue cuando la frase con todo su contenido me fue "revelada" y se convirtió en mi bandera hasta el momento.

Tengo una familiar que atribuye mi curación a la intervención divina de una monja que necesitaba hacer un milagro para su consagración. Yo no dudo de que ésta señora haya aportado su gota de agua, pero considero que el milagro es mio. Yo he ido rellenando ese mar gota a gota, con mi esfuerzo y con la ayuda de la gente que ha rezado por mí, que ha puesto velas, que me ha hecho reiki desde cualquier parte del mundo y que ha pedido al universo que yo sobreviviera.

Aquí estoy, puede que unos días tenga más ánimo o menos, que las fuerzas me acompañen o no. Que los dolores me dejen hacer más o menos cosas, pero NUNCA ME RINDOContinúo mi camino, permanezco al pié del cañón, siempre dando gracias por lo que tengo y por lo que está por llegar.

Gracias por el éxito del blog, por todas aquellas personas que me escriben y me leen. Gracias a las personas que conozco y a todas aquellas que me siguen y me escriben desde la distancia como América Latina, Estados Unidos, Europa y Asia. Mil millones de gracias a todos.

Desde este rinconcito del mundo que es mi hogar os mando todo mi amor.

Os deseo que siempre a pesar de las circunstancias, sepáis superaros y ser felices.



                                                                         Paula Cruz Gutiérrez.

martes, 15 de agosto de 2017

Gracias a todos los implicados en mi recuperación.


Cuando uno está enfermo y acude al médico para que lo observe y le diga qué le ocurre, siempre espera encontrar a los mejores profesionales para que le atiendan. Desgraciadamente no siempre ocurre así. Hay ocasiones en las que sales del centro médico o del hospital tan perdido como entraste.

Cuando empecé a estar enferma el año pasado me ocurrió a mí. Acudí a mi hospital de referencia y allí el médico que había de guardia me envió de vuelta a casa, diciéndome que no tenía nada, sin hacerme ninguna prueba.

Posteriormente tuve la suerte de poder acudir al hospital de mi seguro médico privado y allí la cosa cambió.

Desde el primer momento en el que llegué, todos los profesionales sanitarios se volcaron en descubrir qué me ocurría. Y a medida que me iban haciendo pruebas y la cosa se complicaba allí estaban ellos, todo amabilidad para ayudarme.

He encontrado el mejor cuadro médico que podía tener. Médicos, enfermeras y enfermeros, celadores, etc, todos ellos han sido y son en todo momento, personas cercanas que me ayudan siempre con una sonrisa. Profesionales que nos han explicado siempre la gravedad de la situaciones y cómo han ido desarrollándose los acontecimientos.

Doy las gracias al equipo de la UCI, porque durante el tiempo que estuve allí, me hicieron más amena la estancia con sus bromas y sus sonrisas. A pesar, de que fueron momentos muy duros, ellos me los hicieron más llevaderos. Cuando te encuentras tan mal, agradeces enormemente que te traten con cariño.

Gracias al equipo de Oncoginecológia por su trabajo y su apoyo. Mi agradecimiento especial para la doctora Belén Lampaya, por su profesionalidad y su dedicación sincera, porque cuando uno trabaja en lo que le gusta lo transmite a los demás. Ella es mi Angel de la Guarda.

Gracias también al equipo de Oncología, desde Isabel en la recepción, pasando por el equipo completo de enfermería y a los doctores. En particular al doctor Pedro Salinas por su ayuda, por recibirme siempre con una sonrisa y dos besos, que parecen aliviar un poco la dura experiencia vivida. Por explicarme las cosas, los tratamientos y pasos a seguir y por darme ánimos.

Mil millones de gracias a todos, porque sin vuestro trabajo hoy yo no podría estar aquí escribiendo éstas palabras.

Gracias de nuevo a todos los profesionales del Hospital Universitario La Zarzuela de Madrid.

Os deseo que siempre seáis felices.


                                                                          Paula Cruz Gutiérrez.


martes, 8 de agosto de 2017

rELLENANDO lA pLAYA



Mi estancia en la UCI dejó mi playa vacía y sin arena. Mi cuerpo quedó varado con grandes dificultades motoras. Aunque han pasado ya seis meses desde mi salida del hospital, continúo con ellas. 

Además de que perdí toda la masa muscular por estar tanto tiempo inmovilizada, se han ido sumando los efectos secundarios de los tratamientos oncológicos, que no han favorecido mucho mi recuperación. 

A día de hoy sigo sin tener demasiada fuerza en piernas, brazos y manos, camino con dificultad y me canso rápidamente. 

Me cuesta mucho trabajo sentarme y levantarme y si por casualidad me pongo de rodillas, no puedo levantarme sin ayuda. Esta flojedad en las piernas también me impide conducir.

En las manos además de la fuerza, perdí toda la precisión, algo fundamental para realizar mi trabajo. He tenido que aprender a comer de nuevo, primero con una cucharita de postre y después con una cuchara sopera. Me costaba mucho trabajo utilizar el tenedor y el cuchillo, que aún no manejo bien. No puedo cortar nada que sea un poco duro, como la corteza de melón y tampoco puedo pelar la fruta o una patata, porque me resulta imposible asir el cuchillo y hacer fuerza al mismo tiempo para cortar.

Frente a este panorama tan alentador yo no me doy por vencida. Cada día intento ir rellenando algún hueco, unos días con piedrecitas y otros con arena. 

Por eso, aunque no puedo subir ni bajar las escaleras intento evitar subir por el ascensor si voy a un primer piso.

Con las manos ocurre lo mismo, intento hacer todo aquello que veo que puede ayudarme. Se me olvidó escribir y estoy volviendo a aprender, aunque aún lo hago mal, y con el ordenador intento teclear bien aunque me falte fuerza en los dedos para pulsar las teclas. La escritura para mi se ha convertido tanto en una terapia física como psicológica. 

He comenzado a hacer pequeñas cosas con fieltro, objetos como diadémas (para adornar mi cabeza sin pelo) o ratoncillos para que mis hijos metan los dientes cuando venga el Ratoncito Pérez.

Son trabajos sencillos que no necesitan gran precisión ni puntadas finas. Pero que me sirven para ir recuperando poco a poco las manos, porque veo muy difícil volver a recuperar todo lo que he perdido a medio plazo. 

A la espera de que mi recuperación llegue algún día, yo voy poniendo mis granitos de arena, a ver si consigo rellenar la playa entera.


                                                                       Paula Cruz Gutiérrez.

viernes, 26 de mayo de 2017

Campanillas de Colores.

Estos días me han vuelto algunos recuerdos del hospital.
Quiero dedicar éste texto a todos aquellos padres y madres que están lejos de sus hijos.

                                    


Campanillas de colores tienen mis hijos.

Ríen y juegan.
Con sus juegos las hacen sonar y el viento me trae su sonido hasta aquí, en el hospital espero su tintineo.

Treinta y ocho días llevamos sin vernos, días que están siendo en Blanco y Negro. 

Los últimos días en la UCI se hicieron eternos, mis niños lejos, tan sólo con una foto para calmar mis dolores y reducir mis nervios. Insoportable se me vuelve la espera, llorando cuando no duermo.

Se que están bien, pero los echo de menos. Aún son demasiado pequeños para volar sin mí y yo sin ellos.

Hoy miércoles por fin vamos a volver a vernos, hoy vienen y se disiparán sus dudas de si voy a volver a casa a no. Desaparecerá mi angustia.





Ya vienen, ya podré verlos.
Achuchar sus pequeños cuerpos, oler sus cabellos.
Aquí tumbada no tengo otra cosa que hacer sino pensar en ellos.
Tan frágiles, tan fuertes, tan tristes y tan contentos.

Por fin se ha producido el encuentro, sus caritas han reflejado la sorpresa por verme con la sonda puesta en la nariz, pero rápido ha pasado y han venido corriendo al sillón a besarme y abrazarme. Para mí, cortos han sido los abrazos y pocos los besos. 

Lejos se van los pesares, gracias doy al universo por poder volver a verlos.

Son niños que con su inocencia se acercan a un futuro incierto, un acantilado al que se asoman con miedo, miedo a que las olas vengan y se lleven a su mamá lejos, muy lejos. Lo que no saben es que su mamá nunca se irá, pase lo que pase siembre a su lado estará.


                                                                         Paula Cruz Gutiérrez.