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miércoles, 6 de marzo de 2019

Mi Ángel volador.


Al comienzo de la semana, nada presagiaba la tormenta que se avecinaba.  Cierto es, que el horizonte yacía plagado de grandes nubarrones, negros como el carbón, que nos amenazaban con descargar su agua llena de furia. Pero cuándo se producirían dichas precipitaciones era algo incierto y a la vez inquietante, porque podrían llegar mañana o dentro de un mes. 

Pero el martes después de comer llegó el huracán, que me arrasó por completo. La noticia me dejó helada. Mi mente en ese momento fue incapaz de gestionar la noticia, por eso, tras colgar el teléfono seguí con la tarea que estaba realizando. Necesité un rato para asimilar el mazazo.

Más pronto que tarde, mi amigo ha partido hacia esa dimensión de la que todos venimos y a la que todos volveremos. Aunque creo firmemente que todos tenemos nuestro tiempo y nuestro lugar aquí, hoy eso no me consuela. 

He de reconocer que el miedo a morir yo, ha sido ínfimo al lado del miedo que me producía pensar que tú podías fallecer. He llorado por ti muchas más veces de lo que lo he hecho por mí misma.

Te has ido en paz, decidiendo hasta el último momento tu destino. Hacia tiempo que deseabas marcharte para descansar.

Ahora ya vuelas liviano.

Te imagino surcando el cielo, como un águila que aprovecha la corriente de aire para subir y bajar sin esfuerzo. Esa enorme corriente la hemos creado para ti todos tus seres queridos, que te empujamos hacia arriba y te deseamos el mejor de los viajes.

Te visualizo planeando sobre las cumbres, sobrevolando las nubes, protegiéndonos desde allí arriba. Enviándonos el consuelo que nos falta para continuar sin ti.

Aquí sentada frente al enorme ojo de pez, contemplo absorta el cascarón vacío que era el cuerpo de mi amigo, me parece mentira que se halla ido. Pienso que la vida es injusta. Y me enfado con ella, porque al final nos ha separado cuando más nos necesitábamos. Me hubiera gustado poder acompañarte y ayudarte más, pero yo tenía que hacer frente a mi propio proceso. Entonces me pregunto porqué yo he conseguido superarlo y tú no. Una pregunta para la que nunca obtendré respuesta.

Hasta que volvamos a vernos seguiré con aquellas pequeñas cosas que siempre me han recordado a ti: tus carreras para darme un beso, las flores de malva, tu enorme sofá que nos engullía junto a un café, la parra de mi patio regalo tuyo en uno de mis cumpleaños, tus palabras y consejos o las canciones de cierto cantante al que detestabas.

Recordaré las cenas de ensaladas y melón con jamón sentada en el columpio del patio, o las charlas en la escalinata delantera de tu casa.

Cualquier excusa es buena, porque son tantas cosas...

Descansa en paz mi amor, vivirás eternamente en mi corazón y siempre seré tu Pauli.


                                                                         Paula Cruz Gutiérrez.

martes, 24 de abril de 2018

Dónde MIs Pasos Me LLeven.


Hoy mis pasos comienzan caminar hacia otro lado. Iré donde mis pies me lleven y mi alma me aconseje.

Después de 25 ciclos oncológicos mis tratamientos se terminan.

Ahora  mis trayectos dejarán de ser de 21 días, para convertirse en lo largos o cortos que yo desee. Sin prisas, porque ya no existen plazos que cumplir.

Acaba una etapa larga de 21 meses, cuando en realidad, los médicos sólo me daban 3.

Se dice que cuando uno es consciente de lo que es y de lo que quiere y comienza a utilizar su mente como medicina, para poder recuperarse ha de empeorar antes.



Partí de una situación tan nefasta y empeoré tanto que morí. 




Decidí que para poder seguir caminando juntos, mi cuerpo debía librarse de todo aquello que nos producía dolor. Tomé la decisión de abandonarlo, con la idea de volver cuando él se hubiese desecho de todo aquello que nos contaminaba y nos impedía avanzar. Afortunadamente, sólo tardó un día en librarse de todo lo malo y el equipo médico mientras tanto decidió esperar, desconozco el motivo por el cual decidieron no desconectarme y esperar.



Y gracias a las cientos de personas en todo el mundo que pidieron al universo que me curara, que rezaron por mí, que me pusieron velas y que me hicieron reiki a distancia. 

Fue tan grande bola de energía enviada, que me levantó hacia arriba de nuevo. Quiero recordar a una pobre monja de Costa Rica que al intentar hacerme reiki se asustó, porque yo era la luz más grande y más brillante que nunca había visto y se aterró. Pero aun así, tuvo el valor de volver e intentarlo de nuevo para ayudarme.

Somos mente y energía, nunca lo olvidéis.


Y entonces una vez mi cuerpo limpio y llena de energía renovada, volví y los médicos dijeron que había resucitado. 


A mi vuelta, mi mundo había desaparecido bajo un enorme terremoto  que lo había arrasado todo.  Y desde ese punto de no retorno, sin ni tan siquiera fuerzas ni cimientos, tuve que empezar de nuevo, a hilarme una vida nueva. Ni mejor ni peor, sencillamente distinta a la que tenía. 

¿Cómo pueden pretender algunas personas, que piense y actúe como antes?.

Aquella Paula se fue para no volver y quedó bien enterrada entre los escombros del pasado.  Ahora hay otra persona que sabe bien lo que es perder y ganar, que sabe bien lo que  es esforzarse para alcanzar su meta. Que no le tiene miedo a nada ni a nadie. Que cree firmemente que si de verdad sentimos y deseamos algo, podemos conseguir todo lo que nos propongamos. No existen los ni límites ni las metas.

Al levantarme del sillón e ir a coger mi bolso después de acabar el ciclo, me ha ocurrido algo muy especial. Allí de pié en la pequeña sala donde tantas horas he pasado, de repente, me ha invadido una sensación inmensa de gratitud. Ha sido tan fuerte, que he tenido la sensación de flotar girando sobre mi propio eje. En ese momento, he recogido todo el amor que he sido capaz y se le he ofrecido en forma de agradecimiento  a la sala y a sus compañeras, todas partícipes por igual de mis tratamientos. Con todo mi amor le he dado las gracias y me he despedido de ella para siempre, porque sé, que nunca volveré a necesitarla.

A partir de ahora, tan sólo volveré al hospital a las revisiones y a saludar a esos dos grandes equipos de la UCI y de  la UCO a los que nunca seré capaz de darles suficientemente las gracias por haber confiado en mí, aun en los peores momentos.

Hoy todos me han felicitado y se han despedido de mí con besos y abrazos.

Termina un camino y comienza otro con destino... a la VIDA.

Espero que todos me acompañéis.

Un millón de besos.


                                                                         Paula Cruz Gutiérrez.









miércoles, 7 de marzo de 2018

Llorar.



Lágrimas que brotan sin querer. 
Caen despacio, como reconociendo el camino que humectan a su paso.

No son lágrimas abundantes en cantidad, pero sí en dolor acumulado. Como la nieve cuando cubre al campo y lo humedece poco a poco.

Hay un dolor que muchas personas llevan dentro. Un dolor que un buen día atrapó nuestra alma y que nos recuerda su existencia humedeciéndonos el rostro de vez en cuando. Recordándonos así su existencia.

Llorar ayuda a apaciguar ese espíritu atormentado por vidas pasadas y presentes, nos libera de las piedras del camino. No es un acto de débiles ni cobardes porque a veces, es simplemente necesario. Las lágrimas nos alivian el espíritu y nos despejan la mente. Nos sirven de desahogo liberador, da igual que lloremos solos o acompañados, en silencio o a gritos. 

Otra ventaja del llanto es que nos sirve para eliminar toxinas que hemos ido acumulando con la ansiedad y el estrés. A veces vamos cargando nuestra mochila de sentimientos, como queriendo olvidarlos en un rincón, hasta que llega un día en que la mochila lleva demasiado peso y se nos rompe.

No hay un camino fácil ni predeterminado para llegar a la verdad de uno mismo. En el interior de cada uno de nosotros habita una historia, un recuerdo, una herida que nos acecha y nos molesta. Encontrar el camino y el momento más adecuado para liberarnos de él, es tarea individual.

No guardéis ese dolor para luego, pues el tiempo lo agranda y siempre vuelve reforzado. 


                                                                      Paula Cruz Gutiérrez.


 

lunes, 5 de febrero de 2018

El nuestro no es un duelo cualquiera...



El nuestro no es un duelo cualquiera porque en él intervienen muchos factores.

Se habla mucho sobre el cáncer, sobre la alta incidencia en la población, sobre la tasa de supervivencia o la de mortandad. De que es la enfermedad que más crece en número de casos y de que en pocos años rara será la familia en la que uno de sus miembros no haya padecido un cáncer.

Pero poco se habla de cómo transcurre la vida de un enfermo de cáncer, de a qué se enfrenta diariamente y que cosas va dejando atrás. 

La vida nos cambia, en unos casos más que en otros, pero todos sufrimos cambios.

Hay casos en los que el enfermo no sólo tiene que enfrentarse a su enfermedad sino también a los problemas en el trabajo, incluso hay enfermos que son despedidos por no poder realizar las tareas que llevaban a cabo con anterioridad. Como resultado se enfrentan a la dura enfermedad y han de sumar los problemas económicos.

Los fuertes tratamientos a los que nos sometemos no sólo vienen acompañados de vómitos, dolores de estómago, cambios en la presión arterial y aumento del colesterol o la pérdida del cabello. Además de todo ésto, producen fuertes dolores de cabeza, dañan las encías y la dentadura, hasta el punto de que hay enfermos que se quedan sin dientes ni muelas. O pierden vista a causa de la medicación.

Si el tumor estaba en la garganta hay que extirpar las cuerdas vocales, entonces se pierde la voz. Condenando para siempre al silencio más absoluto al enfermo.

La mente se nos nubla, habiendo períodos de tiempo en los que no discurrimos con normalidad. Los estados de ánimo fluctúan y el psicólogo se convierte en un compañero habitual de ruta.

Por otro lado, sufrimos fuertes dolores físicos, sobretodo en las articulaciones. En otras ocasiones debido a las intervenciones quirúrgicas que sufrimos nos quedan secuelas físicas de por vida. Unas más llevaderas que otras, a veces con largos tratamientos de rehabilitación que no surten efecto.

Algunas mujeres se ven obligadas a renunciar a ser madres porque la medicación les daña los óvulos o los órganos reproductores.

En otros casos es necesario renunciar a conducir, a viajar o a caminar con normalidad. Un simple paseo se convierte en una quimera.

Así podríamos seguir enumerando decenas de efectos secundarios a los que nos enfrentamos. Porque pase lo que nos pase, todo lo que nos ocurre entra dentro de los "parámetros normales" que dictan los prospectos de la medicación.

Yo en éste último año desde que salí del hospital he adelantado en muchas cosas, pero hay otras muchas que se han ido quedando por el camino y ya no las volveré a recuperar. Puede que psicológicamente sea mucho más fuerte, pero físicamente soy mucho más débil.

Durante nuestra vida llevamos a cabo muchos duelos, porque perdemos a un ser querido, porque perdemos un trabajo o una relación. 

Por eso, aunque sigamos vivos, debemos hacer nuestro duelo particular que será diferente en cada persona. Un duelo para dejar atrás la vida que perdimos y que ya no vamos a recuperar, para hacer frente a la vida que tendremos a partir de ahora. Sin duda, según mi criterio éste es uno de los duelos más difíciles de llevar.

Afortunadamente, aunque el camino esté lleno de piedras seguimos caminando.



                                                                          Paula Cruz Gutiérrez.




miércoles, 3 de enero de 2018

Abrázame mamá.




Sin darme cuenta unos brazos pequeños me abrazan por detrás. Rodean mi cuello y me aprietan con fuerza. Yo me doy la vuelta y lo abrazo con la misma fuerza. Es entonces cuando aprecio su cuerpo delgado y blandito pegado al mío.

No hay mayor placer que el que una madre siente cuando abraza a sus hijos.

Ese momento en el que acerca su cuerpecito, notando su calor y su aliento en mi oído es para mí el mayor placer. Ahí el mundo se detiene y únicamente permanecemos los dos.

¿Cómo iba yo a permitir que ésta enfermedad me privara de éstos momentos?.

Mis hijos son pequeños y me necesitan tanto como yo a ellos.  

Es cierto, que muchos días no puedo con su exceso de energía, que me desborda tanta actividad y que mi cuerpo ya de por sí cansado, acaba exhausto al caer el sol. Pero igual de cierto es, que cada mañana me levanto por ellos. Son mi mayor motor.

Disfruto viéndolos crecer y que vayan con cuidado cuando se acercan a mí, por si me hacen daño. Me gusta que me pregunten qué me ha dicho el médico o que si ya estoy curada. 

Son pequeños, pero plenamente conscientes de que su mamá ha tenido cáncer. 

Entre todos hemos recorrido éste camino, a ratos ha sido difícil pero ha merecido la pena.


                                                                         Paula Cruz Gutiérrez. 





jueves, 28 de diciembre de 2017

Mi Navidad en la uci.


    Un día tal como hoy hace un año, en la misma cama del hospital se producían dos batallas muy distintas.

     Por un lado, estaban los equipos médicos y de enfermería luchando por encontrar el antibiótico que me sacase del paro multiorgánico que sufría debido a la peritonitis. El fallo renal había provocado que mi cuerpo estuviese hinchado a causa de los fluidos y el único órgano que seguía funcionando era el corazón. Como pocas personas sobreviven a ésta situación, los médicos le comunicaron a mis familiares que era cuestión de horas que yo falleciera.


   Pero hubo suerte y tras recibir el cultivo que esperaban dieron con el ansiado antibiótico, lo que me hizo remontar.


   Por otro lado me encontraba yo, totalmente ajena a todo lo que ocurría a mi alrededor porque mi mente libraba su propia batalla. En el mismo momento en el que entré en la uci, mi mente empezó a funcionar de manera automática debido a la cirugía y a la fuerte medicación que me estaban administrando. 


   Mi odisea particular comienza así: "Es la noche de nochebuena y he desaparecido, cuando mi familia vea que no voy a cenar comenzarán a buscarme..."

  Durante todo el tiempo que estuve sedada  e incluso algunos días después de haberme despertado, seguí con mis pesadillas. Sin saber cómo había terminado la noche de nochebuena en una clínica clandestina donde experimentaban con antibióticos. Todo aquel que entraba ya no salía. Cuando me retiraron la sedación y me desperté yo no me enteré, porque yo nunca fui consciente ha estar dormida. Esa semana dio la casualidad de que fue una semana nefasta en la uci, cada día fallecían uno o dos personas y como yo no sabía dónde estaba, seguía pensando que estaba en la otra clínica) todo mi afán era salir de allí, por eso cuando llegaba mi familia yo sólo quería que me llevasen a casa. Tan sólo veía morir a gente y yo no quería ser uno de ellos. 

  Aunque no me moviera de mi cama en aquella sala, tuve la sensación de haber estado en varios lugares distintos, primero en una casa baja del centro de Madrid, después en un local amplio  de techos muy altos, donde estaban colocadas las camas, a continuación en una especie de carpa, luego en la misma sala que estaba pero decorada como si fuese una selva tropical. Otro día la sala se había convertido en la planta baja de una vivienda y como no había sitio, mi cama estaba en el pasillo que daba a la cochera y el último que recuerdo es estar en una sala decorada como si fuese el interior de un tren.

   Tuve compañeros adultos y niños, incluso bebés a los que una enfermera les daba el biberón y los duchaba en el box al lado del mio. Aunque todo ésto no fuese posible porque estaba en una uci sólo de adultos.

   Hay gente que opina que cuando un enfermo está sedado no se entera de nada, no estoy de acuerdo. Yo nunca había visto a los miembros de la uci y muchos de sus rostros formaron parte de mis pesadillas, al menos uno de los médicos, dos enfermeras y tres enfermeros.

   Fueron episodios terroríficos para mí, que me alteraban y me hacían luchar por salir de aquella situación y volver a casa.

   En fín, afortunadamente ya pasó todo y ha transcurrido ya casi un año desde que volví a casa.

    Este año la navidad está siendo completamente diferente.


                                                                                                                                                                                      Paula Cruz Gutiérrez.





martes, 19 de diciembre de 2017

DoS Diecinueve de Diciembre.


    "Cristo muerto sostenido por un ángel".                                                                                                              Desde hace casi treinta años éste es uno de mis cuadros preferidos, en éste momento de mi vida cobra pleno significado.                                                                                        Antonello de Messina en 1475 representó claramente cómo me he sentido durante todo éste último año.                                                           Porque mi Angel de la Guarda ha estado ahí acompañándome en todo momento.                                         

Un diecinueve de diciembre del año pasado ingresé en el quirófano, se suponía que sería la operación definitiva y yo tenía la esperanza de estar pocos días ingresada. Pero todo se complicó, acabé con mis huesos en la uci y los pocos días se convirtieron en muchos, demasiados. 

Ha pasado un año entre aquel diecinueve de diciembre y hoy. Un año duro, lleno de retos y de desafíos, de malos y buenos momentos, de tristezas y de alegrías. Un año en el que ha primado tanto el color negro como el blanco y en el que he intentando poner un poco de color para iluminar los días.

Ha sido un año difícil para la familia, cada uno a su nivel ha sufrido los estragos de ésta enfermedad que tanto me ha quitado y a la vez  me ha dado tanto.

Los días se han ido sucediendo, de manera eterna en unas ocasiones y de forma amable otros. Todos han ido dejando un recuerdo en mi memoria. Doce meses que me han traído desosiego y esperanza, llantos y risas, desánimos y ánimos. Un año que parecía no terminar y que a la vez se me ha pasado en un suspiro. ¿Y ahora cómo debo seguir y qué he de hacer con todo lo aprendido?. 

Hay días en los que dudo que mi intelecto esté cuerdo, me surgen dudas sobre si mi mente permanece lúcida o tal vez me encuentro en una suerte de desvarío mental que me lleva a sufrir alucinaciones. Pero por otro lado, pienso que nunca estuve tan cuerda como lo estoy ahora, que he aprovechado cada momento de éste último año para aprender cosas nuevas. Ideas que se han implantado en mi cerebro a fuego, un fuego que por momentos iba de manera lenta y otro hervía a borbotones.

He aprendido que es mejor no pensar en esos días en los que la mente amanece aletargada y el raciocinio se nubla por completo.

Esos días en los que el sueño y el cansancio se apoderan de ti y te da la impresión de que un enorme monstruo verde te han tragado. Un monstruo pegajoso que amenaza con dejarte atrapado en su estómago para siempre.

HOY 365 días después aquí estoy, un año más vieja, cien años más sabia y un millón de años más cuerda.


                                                                          Paula Cruz Gutiérrez.



lunes, 4 de diciembre de 2017

FeLiZ CuMPLeaÑoS.



Esta semana mi marido ha cumplido los años.

Este año lo hemos celebrado los cuatro juntos en casa. En años anteriores hemos comido acompañados, pero éste año nos apetecía celebrarlo con nuestros hijos.

Después de la escuela comimos tranquilos en casa y colocamos cuatro velas en unos pasteles que habíamos comprado. Nos los comimos contentos cantando el cumpleaños feliz, mientras brindábamos con sidra sin alcohol.

Mirando cómo los niños y mi marido cantaban y sonreían yo intentaba hacer alguna fotografía para inmortalizar el momento. Y en ése preciso momento, retrocedí  un año atrás. Como si una nave espacial me llevase a otro momento ya vivido, lleno de emoción, de esperanza y de incertidumbre. Cuando sí que celebramos los cumpleaños acompañados por más gente, mientras yo superaba los efectos secundarios de la quimioterapia y esperábamos a que llegara el día de entrar de nuevo al quirófano. Ajenos e ignorantes, sin ser conscientes de la que se nos avecinaba.

De repente sentí como si nuestra cocina fuese una cápsula del tiempo, en la que habitábamos los cuatro. Me invadió un inmenso sentimiento de estar en el lugar y en el momento adecuado, de estar en mi sitio. De no desear ir a ningún otro lugar fuera de aquellas cuatro paredes. Y entonces, mientras observaba a mi familia, surgió en mi interior un profundo sentimiento de agradecimiento. Por ver que mi marido no estaba viudo, que mis hijos seguían teniendo madre y que yo seguía aquí, a su lado. Terriblemente afortunada porque seguimos siendo una familia de cuatro miembros. Feliz porque a ratos puedo cuidar de ellos y otras veces son ellos, los que deben cuidar de mí.

Es indudable que si no hubiera sido así, que si yo hubiera muerto, ellos habrían celebrado de igual modo el cumpleaños, pero no creo que hubiese sido igual. 

Ahora después de todo lo acontecido durante éste año, celebramos cada día que seguimos adelante, celebramos mi recuperación, los cumpleaños y cualquier otra cosa que nos apetece. Celebramos la vida misma, con un plato de judías pintas y una copa de sidra. Puede que sean celebraciones discretas, sin grandes jolgorios ni mucha gente, ni con grandes menús, pero lo importante es que lo hacemos los cuatro juntos.

Y confieso que ahora que llegan las navidades me apetece celebrarlas de la misma manera. Perdernos los cuatro en algún lugar. No necesito nada más que un "fuerte abrazo en familia", como lo llaman mis hijos, cuando nos abrazamos los cuatro a la vez y nos apretamos fuerte fuerte.



                                                                          Paula Cruz Gutiérrez.


martes, 21 de noviembre de 2017

ESTOY ENFERMO.



Estoy enfermo, me han diagnosticado un cáncer y ya me han operado. Parece que el diagnóstico es bueno, mejor realmente de lo que esperaba. 

Estoy contento, pero también  estoy asustado, muy asustado. Es un miedo que me atenaza el corazón y me nubla la razón. 

Desde que enfermé siempre estoy acompañado por mi mujer o por otro familiar. Están preocupados por mí.

Delante de los demás permanezco animado, sin dar signos de tristeza. Cada mañana ,me coloco esa máscara para no preocupar a los demás. No quiero que se preocupen más de lo necesario por mí. 

Se que su intención es ayudarme, pero si tuviera un ratito para estar yo solo, lloraría, lloraría como llora un niño por encontrarme en ésta situación. Lloraría sin consuelo por ponerme enfermo ahora, aunque se que en el fondo, tener cáncer nunca le viene bien a nadie.

Toda mi vida pasa ante mis ojos como un fotograma, la observo desde fuera como quien ve una película de la vida de otro. Pero tristemente me doy cuenta de que es mi propia vida la que aparece en la pantalla. 

Necesito huir, escapar de ésta situación, romper ésta máscara y librarme de tanto dolor. Volver a mi vida de antes. Cuando no conocía esta incertidumbre y éste miedo obsesivo que se han apoderado de mí.

Quiero pensar que ésta etapa pasará pronto, deseo levantarme por la mañana siendo más positivo. Pero me cuesta tanto...



                                                                         Paula Cruz Gutiérrez.

martes, 14 de noviembre de 2017

Yo No.

La semana pasada mientras realizaba una actividad fuera de casa me sucedió una cosa. Habían colocado varias carpas para hacer dicha actividad y al terminar, los trabajadores del ayuntamiento llegaron para retirarlas. Pues bien, mientras yo hablaba con una amiga, ellos procedieron a retirar la primera de las carpas; en ese momento en el que la quitaban y plegaban, mi mente retrocedió de manera inmediata e inconsciente a la UCI.

Aquella carpa dejó de ser una carpa para convertirse en el ataúd portátil de la UCI. 

Ya han pasado diez meses desde que salí, pero aún hay muchas cosas que mi inconsciente tiene guardadas.

Durante el mes que permanecí allí ingresada  me dio tiempo de ver muchas cosas. Unas buenas y otras no tan buenas, porque vi morir a mucha gente.

Cada vez que veía la bolsa negra y cómo de ella extraían el ataúd plegable de aluminio, sabía que alguien había fallecido.

Hoy he sido consciente de algo de lo que hasta ahora no me había dado cuenta. Allí en aquella sala grande donde todo se veía, cada muerte era una tragedia. Pero hoy me he percatado de lo que realmente supusieron esas muertes para mí. Fueron simple y llanamente una RATIFICACIÓN. Porque cada vez que alguien moría se afianzaba en mí la idea de que yo no iba a morir allí como ellos.

Convenciéndome de que iba a vivir pese a que todo estuviese en mi contra.

Mi objetivo era volver a casa con mis hijos y cada vez que se producía un deceso, en mi mente saltaba un resorte y una voz me decía "yo no voy morir"

Hoy, he entendido por fin su significado. Esas muertes han dejado de ser para mí un hecho desagradable, para convertirse en parte de mi sanación. He comprendido que sólo eran la manera en que la vida me obligaba a mantenerme firme en mi decisión. Que sólo eran una señal de que debía continuar. Que la función de esa voz era mantenerme alerta.

Hoy, me siento agradecida y un poco más ligera de equipaje.


                                                                          Paula Cruz Gutiérrez.