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sábado, 28 de diciembre de 2019

eL aÑo Que Se Va.




La luz del sol entra a raudales por los ventanales del corredor. Sentada en el sillón, mi única compañia es el árbol de navidad.

Fijo mi vista tras los enormes vidrios y me entretengo observando el patio, que aún sigue vestido con su traje de otoño-invierno. Este año con la enfermedad, no ha dado tiempo de podar los rosales, ni de eliminar las hierbas marchitas. La parra muestra sus ramas desnudas y casi fantasmales, sus sarmientos parecen bracitos enclenques que intentan llegar al cielo. Y para contrarrestarlos a todos, los dos frutales han decidido inchar sus yemas, como si en vez de diciembre estuviéramos en abril.

Así acaba este año, con los cuerpos arrebatados y las mentes poco claras, con la esperanza de que el año que próximamente comienza será mucho mejor para todos nosotros.

Aunque ha sido un año muy duro, lo cierto es que ya ha pasado. Ahora toca reponer y actualizar nuestra lista de sueños y volver al ataque. Eso sí, sin olvidarnos de dar las gracias al año que se marcha por permitirnos llegar vivos al siguiente y poder continuar nuestro camino.

Feliz y Próspero Año Nuevo a todos.


                                  Paula CRuZ Gutiérrez.

domingo, 3 de noviembre de 2019

SiN Tí.

Este año hemos sufrido tres pérdidas importantes, dos amigos y más recientemente, mi suegra.

Este texto, es para todos aquellos que se fueron antes de tiempo. Vuestros y nuestros. Por una causa o por otra. 


Imposible contar las veces que tu recuerdo me visita. Una canción, una comida, una flor o una coche como el tuyo, me acercan a ti todos los días. Es entonces cuando una sonrisa inunda mi rostro, viene a mi memoria la tuya, y la mía se engrandece aún más. Hace tiempo que comprendí que nunca te irás muy lejos porque habitas en mi interior. En ese rinconcito de mi corazón del que te hiciste dueño hace muchos años.

Sin duda, la tierra no es lo mismo sin tí, está mucho más vacía, pero los que aún estamos vivos, hemos de continuar el camino hasta que volvamos a encontrarnos.

Ya no puedo abrazarte, pero le envío mis abrazos al viento para que te los lleve allí dónde estés. Segura de que mi luz y mi amor te llegan.

Y mientras, aquí abajo los vivos dedicamos nuestros días a vivir, esperando que la tierra nos sea leve.


                                                                        Paula CRuz Gutiérrez.

jueves, 8 de agosto de 2019

Hay VeCeS.




Hay veces que los sueños se gastan de tanto usarlos.  Se parten en mil fragmentos que se lleva el viento para no recomponerse jamás. Sueños rotos que quedan huérfanos sin destino ni destinatario.

Hay veces, que es mejor parar, dejar de nadar en contra o a favor de la corriente y dejarse llevar. Aunque el agua nos lleve a aguas mucho más profundas y no sepamos nadar.

Hay veces, en las que uno es fuerte hasta que deja de serlo, el cansancio y el dolor, tan sólo dan pasado a las dudas, al silencio y al llanto. Admiro a esos enfermos que aceptan su destino y deciden no darse ningún tratamiento. Convirtiéndose de esta forma en los únicos dueños de su destino.

Hay veces en las que mis hijos me preguntan porqué no puedo estar sana como las otras mamás. Porqué siempre estoy enferma y cansada. Yo no sé que responderles, porque su mirada infantil no alcanza a comprender mi situación. Muchas veces me pregunto que si no soy capaz de cuidar de mí misma,  ¿cómo voy a cuidar de ellos? Se me antoja absurdo e injusto y me parece que les estoy robando parte de su infancia. Pero lo que sí está claro es que el cáncer nos afecta a todos.

Estos días hay veces, en las que he llegado a la conclusión de que no vale la pena tanto sacrificio,  para que el año que viene vuelva a aparecer otro tumor inesperado y todo comience de nuevo. 

A veces, es mejor admitir que si el cáncer ha vuelto es porque puede haber otro destino diferente al que nosotros nos empeñamos en imprimir. Y es importante no olvidarlo.



                                                                       Paula CRuZ Gutiérrez.

miércoles, 6 de marzo de 2019

Mi Ángel volador.


Al comienzo de la semana, nada presagiaba la tormenta que se avecinaba.  Cierto es, que el horizonte yacía plagado de grandes nubarrones, negros como el carbón, que nos amenazaban con descargar su agua llena de furia. Pero cuándo se producirían dichas precipitaciones era algo incierto y a la vez inquietante, porque podrían llegar mañana o dentro de un mes. 

Pero el martes después de comer llegó el huracán, que me arrasó por completo. La noticia me dejó helada. Mi mente en ese momento fue incapaz de gestionar la noticia, por eso, tras colgar el teléfono seguí con la tarea que estaba realizando. Necesité un rato para asimilar el mazazo.

Más pronto que tarde, mi amigo ha partido hacia esa dimensión de la que todos venimos y a la que todos volveremos. Aunque creo firmemente que todos tenemos nuestro tiempo y nuestro lugar aquí, hoy eso no me consuela. 

He de reconocer que el miedo a morir yo, ha sido ínfimo al lado del miedo que me producía pensar que tú podías fallecer. He llorado por ti muchas más veces de lo que lo he hecho por mí misma.

Te has ido en paz, decidiendo hasta el último momento tu destino. Hacia tiempo que deseabas marcharte para descansar.

Ahora ya vuelas liviano.

Te imagino surcando el cielo, como un águila que aprovecha la corriente de aire para subir y bajar sin esfuerzo. Esa enorme corriente la hemos creado para ti todos tus seres queridos, que te empujamos hacia arriba y te deseamos el mejor de los viajes.

Te visualizo planeando sobre las cumbres, sobrevolando las nubes, protegiéndonos desde allí arriba. Enviándonos el consuelo que nos falta para continuar sin ti.

Aquí sentada frente al enorme ojo de pez, contemplo absorta el cascarón vacío que era el cuerpo de mi amigo, me parece mentira que se halla ido. Pienso que la vida es injusta. Y me enfado con ella, porque al final nos ha separado cuando más nos necesitábamos. Me hubiera gustado poder acompañarte y ayudarte más, pero yo tenía que hacer frente a mi propio proceso. Entonces me pregunto porqué yo he conseguido superarlo y tú no. Una pregunta para la que nunca obtendré respuesta.

Hasta que volvamos a vernos seguiré con aquellas pequeñas cosas que siempre me han recordado a ti: tus carreras para darme un beso, las flores de malva, tu enorme sofá que nos engullía junto a un café, la parra de mi patio regalo tuyo en uno de mis cumpleaños, tus palabras y consejos o las canciones de cierto cantante al que detestabas.

Recordaré las cenas de ensaladas y melón con jamón sentada en el columpio del patio, o las charlas en la escalinata delantera de tu casa.

Cualquier excusa es buena, porque son tantas cosas...

Descansa en paz mi amor, vivirás eternamente en mi corazón y siempre seré tu Pauli.


                                                                         Paula Cruz Gutiérrez.

jueves, 7 de febrero de 2019

La Montaña Nevada.


Camino del hospital contemplo las montañas nevadas del horizonte.

Entonces pienso que tal vez los seres queridos que se van moran allí. Porque ellos ascienden y  a nosotros nos dejan aquí abajo congelados por su pérdida.

Hoy la serenidad junto con la aceptación han vuelto.

Querido amig@, gracias por compartir conmigo tantos años, risas, abrazos y llantos. Aunque me hubiera gustado pasar más tiempo a tu lado, estoy feliz por el tiempo que hemos compartido, estar junto a tí siempre fue fructífero.

Te envío toda la luz y el amor que soy capaz de recoger, a los que acompaña mi mayor deseo de que continúes tu camino feliz. Que tu alma siga evolucionado.

No tengas miedo, porque las buenas personas no han de tenerlo, y tú sin duda, lo has sido.

Prometo recordarte con una enorme sonrisa, aquella que siempre afloraba cuando estábamos juntos, entre problemas y bromas, entre confidencias y besos.

Dicen que la muerte solo arrebata la vida, porque el amor nada ni nadie nos lo puede quitar.


                                                                          Paula Cruz Gutiérrez.



miércoles, 6 de febrero de 2019

AlmA rOtA.


Hoy me resulta difícil encontrar las palabras adecuadas. Los pensamientos me golpean igual que las fuertes olas chocan contra las rocas. 

Mi día de hoy lo podríamos considerar como un día nefasto.

Dice la canción que "algo se muere en el alma cuando un amigo se va". Pues hoy creo que mi alma y entera ha sucumbido, dos perdidas en un mismo día para mí son sencillamente, demasiado.

Anoche falleció una amiga. Dos meses han sido suficientes para que un cáncer de pulmón la hiciera partir. Aún recuerdo sus palabras diciéndome que qué malo era esto. Que no podía aguantar tanto dolor. Ahora todo ha terminado, a volado cual pájaro libre al cielo.

Y ayer también recibí la noticia de que mi amigo del alma no va ha superar el glioblastoma que se ha apoderado de su cerebro y que le ha sumido en un silencio obligatorio, sin ni siquiera darle la oportunidad de moverse ni de expresar con palabras tanto sufrimiento. Ni la quimio, ni las dos operaciones,  ni la radio ni tampoco el ensayo clínico han hecho efecto, a sí pues, mi amigo del alma ha emprendido su último viaje.

Por mi parte nada más que añadir, no tengo palabras, aunque me muera por dentro.


                                                                        Paula Cruz Gutiérrez.


jueves, 11 de octubre de 2018

El Port Cath.

                       Resultado de imagen de fotos port cath

Y volví a encontrarme frente al reloj azul, aquél que contemplé durante el tiempo que duró la colocación del port cath en mi pecho. Mis venas se habían estropeado a causa de los ciclos de quimioterapia y era necesario implantarlo para seguir con el tratamiento. A pesar de que los médicos eran reacios a ponérmelo, porque podía producir coágulos pulmonares y con mis antecedentes había que tener mucho cuidado.


Tras la última revisión en la que todos los resultados eran satisfactorios y se apreciaba que el cáncer había desaparecido para nunca volver, el doctor me aconsejó que me quitara el reservorio. Primero porque ya no lo iba a necesitar y segundo porque psicológicamente me iba a ayudar a olvidarme de la enfermedad.

El lunes a media mañana volví a entrar al quirófano donde quince meses antes me habían implantado el dispositivo. Así pues, me encontré de vuelta en el mismo quirófano, con el mismo doctor, el mismo equipo y el mismo reloj. 

Cuando el doctor procedió a inyectarme la anestesia local me dolió tanto que me eché a reír. Sentía como si me cortase con el bisturí a sangre fría.

Si a priori, prometía ser una tarea fácil y mucho más rápida que la vez anterior, no fue así. El porta parece que había desarrollado algún tipo de fibrosis junto con mi organismo y no había manera de extraerlo. Por más que el doctor estiraba de él, mientras una enfermera me sujetaba la cabeza. Pero no había manera de sacarlo. El equipo me preguntó en varias ocasiones si necesitaba más anestesia, a lo que respondí que no. Aunque sí les comenté que la situación era muy desagradable. 

Tumbada con los ojos cerrados bajo aquel foco infernal, me imaginaba que el porta se había convertido en una especie de pulpo que se asía fuertemente a mí con cientos de ventosas.

Tanto me hurgaban, estiraban y apretaban que les pedí muy amablemente que si encontraban petróleo me lo comunicasen. Obviamente todos se echaron a reír y me dijeron que sí. Una lástima que al final no lo encontraran.

Como pasaba el tiempo, respiré profundamente y decidí despedirme de él dándole las gracias por su ayuda. Fue entonces cuando el doctor decidió agrandar el hueco que había hecho anteriormente con el bisturí y así de ésta manera poder sacarlo al fin. 

Conclusión: tengo el doble de puntos que la vez anterior. Costura que le costó más trabajo hacer porque aún tengo la musculatura y la piel más laxa de lo habitual, ya que aún no he recuperado toda la masa muscular que perdí en la uci. Ahora a esperar a ver qué tal me queda el "bordado". Tengo puntos de hilo, pegamento para unir y puntos de papel, todo ello tapadito con una gasa, por la que sobresale un amplio hematoma de mil colores.

He de confesaros que cuando pase el dolor y me retiren los puntos lo único que me quedará será DESCANSO. Durante éstos meses ha sido un auténtico incordio. Durante la intervención el doctor me comentó que lo ponen en el mismo sitio por estética, ahí no se ve, pero yo hubiera preferido que se viera (de todas formas lo hacía) y que me molestara menos.

Ahora podré volver a dormir boca abajo, ponerme un sujetador o un vestido con tirantes sin que me roce o llevaré el cinturón de seguridad o el bolso cruzado sin que me moleste. Cuando mis hijos vengan a abrazarme ya no me clavarán la barbilla en el dispositivo, ni me picará ni me dolerá como lo hacía. 

Por otro lado, su retirada significa que mi enfermedad ha pasado. A partir de ahora tendré que llevar a cabo las revisiones oportunas, pero nada más.

Podré seguir contando mil batallas más!.



                                                                         Paula Cruz Gutiérrez.






domingo, 7 de octubre de 2018

Quién soy yo.


Existe una teoría que nos explica que cuando un cuerpo está enfermo, necesita empeorar su estado general  para poder sanarse.

Esto parece ser que fue lo que me ocurrió a mí. Mi cuerpo optó por colapsarse por completo, para volver a reiniciarse desde cero después. Todo mi organismo se paró a la espera de nuevas órdenes, todo, salvo mi mente y mi corazón que siguieron funcionando.

Durante el tiempo que permanecí inconsciente, puede ver cómo trabajaban los miembros de la UCI. Incluso reconocí varias de sus caras al despertar, cuando yo no los había visto nunca.

La cuestión que os planteo es la siguiente: si yo estaba inconsciente y tumbada boca arriba en la cama, ¿cómo es posible que pudiera ver al personal y no solo el techo?, ¿no sería algo imposible?.

Sin embargo, yo tuve siempre una visión frontal, los veía de frente, cómo trabajaban, entraban o salían de la sala.

Recordaba todo ésto, pero no había caído en éste detalle, hasta que en agosto hablando con una persona me preguntó: ¿Y desde qué punto los veías?.

Ahí me di cuenta de que una persona que está tumbada y sedada es impensable que pueda ver lo que ocurre a su alrededor. La única explicación plausible a esta cuestión, es que para poder verlos de frente, parte del tiempo debía estar fuera de mi cuerpo.

En ese momento fue cuando uní todas las piezas del puzzle. Me percaté de que yo soy yo, un alma o un ser que habita éste cuerpo. Pero no soy el cuerpo.

Pensaréis que estoy loca, pero yo lo tengo muy claro.



                                                                          Paula Cruz Gutiérrez.

jueves, 26 de julio de 2018

LoLi y su compañero.


 
Si ya de por sí es difícil asimilar que tienes cáncer, más aún si con cuarenta y cuatro años y tres hijos que dependen de ti, te dicen que te quedan entre dos semanas y dos meses de vida. Imaginaos la situación.

Loli quería hablar con alguien que hubiese estado en su misma situación. Vino a casa y estuvimos hablando tranquilas durante más de una hora. Yo le hablé de mi caso y ella vio que no siempre se cumplen las estadísticas de los médicos.

Cuando se marchó iba con una sonrisa y estaba mucho más tranquila y esperanzada.

Para mi, fue un placer poder ayudarla ese rato.

El texto que os pongo a continuación me lo envío al día siguiente de que habláramos.

                        Paula Cruz Gutiérrez.


QUERIDO COMPAÑERO.

    Desde que llegaste a mi vida me has hecho pasar mucho miedo, si, pero me has enseñado a luchar con más fuerza.

     Estoy aprendiendo a vivir contigo, hoy formas parte de mi y no voy a luchar contra ti, lucharemos juntos para curarme.

    Querido compañero, desde que llegaste estoy disfrutando de mi familia como jamás lo hice, compartiendo cada momento con más intensisidad, viviendo más momentos juntos y con más sonrisas. 

       Desde que llegaste a mi vida, se quien merece la pena, siempre, a veces y quien nunca, quien son los amigos de verdad, y darme cuenta de quien realmente me quiere.

      Gracias a ti he conocido a personas magníficas, mujeres fuertes y luchadoras que seguramente sin ti no hubieses llegado a mi vida jamás hubiese conocido.

      Querido compañero, tendremos días mejores y días peores, de momento no me puedo quejar. Me estas dejando levantarme todos los días y para mi, eso es muchísimo. Cuando estas bien no valoras lo bonito que es, tan sólo el poderte levantar, gracias a ti estoy aprendiendo a darle valor a cosas que antes para mi eran insignificantes.

     Querido compañero, hemos perdido el pelo, pero ahora no necesito ni champú ni ir a la peluquería, ni cera, ni cuchilla, ni láser.  Puedo salir corriendo a la calle sin temor de estar despeinada, que me despeine el viento, ni olvidarme el peine, ya no digo "huy vaya pelos", y tan sólo así con mi gorra o mi pañuelo me he acostumbrado a verme, por mis cejas no te preocupes, me las pinto y mis pestañas crecerán. Si mis ojos están tristes, no te preocupes, tapo mis ojos y le pinto a mi cara una sonrisa.

    Querido compañero, no te acostumbres a quedarte, pero mientras estés, aquí estaré contigo, cuando llegue el momento de irte, lloraremos juntos tu despedida y siempre me quedaré y te daré las gracias por haberme hecho más fuerte, y empezaremos a ser felices mis hijos y yo, incluso llegado el momento te diré, querido compañero, gracias por venir, no te olvido y hasta siempre.


                                                                             Loli Parra.

martes, 24 de abril de 2018

Dónde MIs Pasos Me LLeven.


Hoy mis pasos comienzan caminar hacia otro lado. Iré donde mis pies me lleven y mi alma me aconseje.

Después de 25 ciclos oncológicos mis tratamientos se terminan.

Ahora  mis trayectos dejarán de ser de 21 días, para convertirse en lo largos o cortos que yo desee. Sin prisas, porque ya no existen plazos que cumplir.

Acaba una etapa larga de 21 meses, cuando en realidad, los médicos sólo me daban 3.

Se dice que cuando uno es consciente de lo que es y de lo que quiere y comienza a utilizar su mente como medicina, para poder recuperarse ha de empeorar antes.



Partí de una situación tan nefasta y empeoré tanto que morí. 




Decidí que para poder seguir caminando juntos, mi cuerpo debía librarse de todo aquello que nos producía dolor. Tomé la decisión de abandonarlo, con la idea de volver cuando él se hubiese desecho de todo aquello que nos contaminaba y nos impedía avanzar. Afortunadamente, sólo tardó un día en librarse de todo lo malo y el equipo médico mientras tanto decidió esperar, desconozco el motivo por el cual decidieron no desconectarme y esperar.



Y gracias a las cientos de personas en todo el mundo que pidieron al universo que me curara, que rezaron por mí, que me pusieron velas y que me hicieron reiki a distancia. 

Fue tan grande bola de energía enviada, que me levantó hacia arriba de nuevo. Quiero recordar a una pobre monja de Costa Rica que al intentar hacerme reiki se asustó, porque yo era la luz más grande y más brillante que nunca había visto y se aterró. Pero aun así, tuvo el valor de volver e intentarlo de nuevo para ayudarme.

Somos mente y energía, nunca lo olvidéis.


Y entonces una vez mi cuerpo limpio y llena de energía renovada, volví y los médicos dijeron que había resucitado. 


A mi vuelta, mi mundo había desaparecido bajo un enorme terremoto  que lo había arrasado todo.  Y desde ese punto de no retorno, sin ni tan siquiera fuerzas ni cimientos, tuve que empezar de nuevo, a hilarme una vida nueva. Ni mejor ni peor, sencillamente distinta a la que tenía. 

¿Cómo pueden pretender algunas personas, que piense y actúe como antes?.

Aquella Paula se fue para no volver y quedó bien enterrada entre los escombros del pasado.  Ahora hay otra persona que sabe bien lo que es perder y ganar, que sabe bien lo que  es esforzarse para alcanzar su meta. Que no le tiene miedo a nada ni a nadie. Que cree firmemente que si de verdad sentimos y deseamos algo, podemos conseguir todo lo que nos propongamos. No existen los ni límites ni las metas.

Al levantarme del sillón e ir a coger mi bolso después de acabar el ciclo, me ha ocurrido algo muy especial. Allí de pié en la pequeña sala donde tantas horas he pasado, de repente, me ha invadido una sensación inmensa de gratitud. Ha sido tan fuerte, que he tenido la sensación de flotar girando sobre mi propio eje. En ese momento, he recogido todo el amor que he sido capaz y se le he ofrecido en forma de agradecimiento  a la sala y a sus compañeras, todas partícipes por igual de mis tratamientos. Con todo mi amor le he dado las gracias y me he despedido de ella para siempre, porque sé, que nunca volveré a necesitarla.

A partir de ahora, tan sólo volveré al hospital a las revisiones y a saludar a esos dos grandes equipos de la UCI y de  la UCO a los que nunca seré capaz de darles suficientemente las gracias por haber confiado en mí, aun en los peores momentos.

Hoy todos me han felicitado y se han despedido de mí con besos y abrazos.

Termina un camino y comienza otro con destino... a la VIDA.

Espero que todos me acompañéis.

Un millón de besos.


                                                                         Paula Cruz Gutiérrez.









sábado, 14 de abril de 2018

Código de Barras.





Una mañana cualquiera te miras al espejo y notas que algo ha cambiado.

Escudriñas tu rostro para averiguar qué ha sucedido y entonces lo ves.

Sobre tu frente aparece tatuado un código de barras que indica tu fecha de caducidad.

Cierras los ojos e intentas eliminarlo con la toalla, pero sigue ahí porque ha venido para quedarse.

Entonces recuerdas que ayer te lo dijo el doctor. El tumor está muy extendido y tenemos pocas posibilidades.

Maldito doctor y maldito tumor.

Tengo que pensar cómo trazar un plan para mandar al cuerno al tumor y a las estadísticas del doctor.

Creo que ahora es el momento adecuado para echar mano de mi característica rebeldía, es la única que me puede ayudar.

No pienso abandonar a mi familia tan pronto, mis hijos no pueden quedarse sin madre aún. Los utilizaré como mi gran excusa para salir de ésta situación. 

Dos años han pasado, han sido duros, muy duros y aunque en tres ocasiones creí que no aguantaría tanto dolor, a día de hoy continúo aquí.

Al final he conseguido que se fueran al cuerno las estadísticas y el tumor.

Gracias a todos por acompañarme.


                                                                        Paula Cruz Gutiérrez.



                                                                                               

miércoles, 7 de marzo de 2018

Llorar.



Lágrimas que brotan sin querer. 
Caen despacio, como reconociendo el camino que humectan a su paso.

No son lágrimas abundantes en cantidad, pero sí en dolor acumulado. Como la nieve cuando cubre al campo y lo humedece poco a poco.

Hay un dolor que muchas personas llevan dentro. Un dolor que un buen día atrapó nuestra alma y que nos recuerda su existencia humedeciéndonos el rostro de vez en cuando. Recordándonos así su existencia.

Llorar ayuda a apaciguar ese espíritu atormentado por vidas pasadas y presentes, nos libera de las piedras del camino. No es un acto de débiles ni cobardes porque a veces, es simplemente necesario. Las lágrimas nos alivian el espíritu y nos despejan la mente. Nos sirven de desahogo liberador, da igual que lloremos solos o acompañados, en silencio o a gritos. 

Otra ventaja del llanto es que nos sirve para eliminar toxinas que hemos ido acumulando con la ansiedad y el estrés. A veces vamos cargando nuestra mochila de sentimientos, como queriendo olvidarlos en un rincón, hasta que llega un día en que la mochila lleva demasiado peso y se nos rompe.

No hay un camino fácil ni predeterminado para llegar a la verdad de uno mismo. En el interior de cada uno de nosotros habita una historia, un recuerdo, una herida que nos acecha y nos molesta. Encontrar el camino y el momento más adecuado para liberarnos de él, es tarea individual.

No guardéis ese dolor para luego, pues el tiempo lo agranda y siempre vuelve reforzado. 


                                                                      Paula Cruz Gutiérrez.


 

domingo, 24 de septiembre de 2017

Hasta siempre.

Sirva éste texto como un pequeño homenaje a todas aquellas personas que no consiguieron superar la enfermedad y a sus familias que intentan superar su ausencia.
A mi abuelo Luís, a mi tio Antonio y a mi padre.
Para mi querida Vanesa Pedroche Ortíz.



 Todo ha terminado.

Pero no penséis que todo nuestro esfuerzo fue en vano, al contrario. Mis últimos meses fueron felices a vuestro lado, aunque la enfermedad me pudiera y me fuese deteriorando demasiado rápido.

Se que os hubiese gustado haberme tenido más tiempo a vuestro lado, os confieso que a mí también. Pero igualmente os quiero.

Os he querido por cuidarme, por aguantarme cuando estaba de mal humor y por hacerme sonreír.

No sufráis, estoy tranquilo.

Por fin acabaron los dolores, las lágrimas y el desaliento.

Me voy contento, por haberos tenido a mi lado y por haberos amado. Gracias.

Llorad cuanto necesitéis y después, la mejor manera de honrar mi memoria, es siendo felices. Por favor, procurad serlo.

Hasta siempre. Os quiero.


                                                                  Paula Cruz Gutiérrez.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Adiós, amigo adiós.

     Este es el segundo texto que publiqué en el mes de diciembre pasado.

     Mi querido amigo, compañero de viaje... te deseo lo mejor. Hemos comenzado un viaje juntos, hoy nuestros caminos deben separarse.

                                                                                                                                                                   
Adiós amigo, adiós.

         Querido cáncer:

    Te escribo ésta carta para decirte adiós, deseo que te marches lo antes posible.

Pero antes de la despedida, quiero darte las gracias por todo lo que hemos compartido éstos últimos meses.

Me has enseñado tantas cosas y tan importantes, que siempre te estaré agradecida.

Aprendí que nadie debe luchar contra ninguna enfermedad o problema. Lo primero es aceptar la situación y después ver las opciones que tenemos para sanarnos.

Que cuando uno emprende una lucha o batalla es porque tiene un enemigo y que nunca debemos considerar al cáncer cómo tal, al ser parte nuestra por estar alojado en alguno de nuestros órganos. Si decidimos luchar y vamos a combate tendremos muchas más posibilidades de perder que de ganar, él es un enemigo demasiado fuerte. Por lo tanto, ¿porqué no cambiar nuestro punto de vista y verlo simplemente como otra situación más que vamos a superar?. Si mantenemos el control de la situación habremos ganado gran parte del terreno a conquistar. Nuestra aptitud es lo que realmente nos sana.

También he aprendido mucho sobre alimentación. Para evitara comer aquellos alimentos que te aportan energía y te permiten crecer. De ésta manera, he conseguido debilitar tus células.

He aprendido a proyectar, imaginando una y mil veces cómo desaparecías, cómo la quimio mataba tus células y cómo células de los demás órganos continuaban vivas y felices. He visualizado otras mil veces a mis glóbulos rojos reproduciéndose, para hacer retroceder la anemia.

En fin, han sido y son tantas las cosas que he aprendido en tú compañía que te deseo un buen viaje.

Adiós.
                                                                  Paula Cruz Gutiérrez.