lunes, 28 de agosto de 2017

uN GeLiDo INVieRNo.


Sentía como si un largo invierno se hubiera apoderado de su vida. Un invierno que venía acompañado de un viento helado, que dejaba temperaturas gélidas en su interior.

Frío y más frío era lo único que últimamente sentía. Como si su alma se hubiese quedado congelada el día que le dieron la noticia.

Cada noche acurrucada en la cama se prometía a sí misma avanzar, mirar hacia delante, dejar de lado aquella etapa sombría, llena de días y noches eternas dónde lo único que hacía era pensar. Pero su mente estaba tan congelada como el exterior y sus ideas iban y venían sin alcanzar ninguna solución. Eran días difusos, dudosos en el tiempo, que no añadían nada interesante a su vida, mas bien al contrario, porque sólo aportaban desilusión. Días oscuros de miedos y tristezas en los que el llanto era su único acompañante, un compañero inflexible y traicionero que no daba tregua.

Y en aquella liviana intención de progresar, de mirar al futuro, intentaba que aquellos días de invierno se fueran convirtiendo poco a poco en otoñales. Como dando permiso para que los rayos del sol fueran entrando despacio, para así ir iluminando poco a poco sus horas. 

Ella quería ver el sol, que sus días volviesen a ser calurosos y frescos a la vez como eran antes. Cuando la luz inundaba su vida y ella se dejaba llevar por aquella luz fuerte y radiante que la llenaba de energía.

Un pasado reciente, pero que a ella le parecía lejano en el tiempo, como si ahora viviese en otra dimensión y todo aquello perteneciera a un pasado muy, muy lejano.


                                                                  Paula Cruz Gutiérrez.


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