miércoles, 3 de enero de 2018

Abrázame mamá.




Sin darme cuenta unos brazos pequeños me abrazan por detrás. Rodean mi cuello y me aprietan con fuerza. Yo me doy la vuelta y lo abrazo con la misma fuerza. Es entonces cuando aprecio su cuerpo delgado y blandito pegado al mío.

No hay mayor placer que el que una madre siente cuando abraza a sus hijos.

Ese momento en el que acerca su cuerpecito, notando su calor y su aliento en mi oído es para mí el mayor placer. Ahí el mundo se detiene y únicamente permanecemos los dos.

¿Cómo iba yo a permitir que ésta enfermedad me privara de éstos momentos?.

Mis hijos son pequeños y me necesitan tanto como yo a ellos.  

Es cierto, que muchos días no puedo con su exceso de energía, que me desborda tanta actividad y que mi cuerpo ya de por sí cansado, acaba exhausto al caer el sol. Pero igual de cierto es, que cada mañana me levanto por ellos. Son mi mayor motor.

Disfruto viéndolos crecer y que vayan con cuidado cuando se acercan a mí, por si me hacen daño. Me gusta que me pregunten qué me ha dicho el médico o que si ya estoy curada. 

Son pequeños, pero plenamente conscientes de que su mamá ha tenido cáncer. 

Entre todos hemos recorrido éste camino, a ratos ha sido difícil pero ha merecido la pena.


                                                                         Paula Cruz Gutiérrez. 





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